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Capítulo 1856:
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Tragué saliva. Respiré hondo. Repasé las palabras en mi cabeza y las pronuncié despacio, con cuidado.
«Gracias por salvarme».
Holluelos. Tenía holluelos en las mejillas, y se le notaban cuando me sonreía.
«De nada».
Solté la sudadera y di un paso atrás. Él hizo lo mismo que yo y me hizo un saludo juvenil con dos dedos.
Y entonces se fue.
ѕ𝗎́m𝖺𝘁е 𝘢 l𝗮 с𝘰m𝘂𝗻𝘪𝘥𝘢𝗱 𝘥e 𝗇𝗼𝗏𝖾𝗅𝖺ѕ4fа𝗇.с𝗼𝘮
Lo vi alejarse durante dos segundos antes de sacar la llave y abrir la puerta.
Tenía las piernas como de plomo mientras subía las escaleras hacia mi piso, y mis dedos, entumecidos por el frío, forcejearon con la cerradura. Cuando entré y, sin querer, aplasté una cucaracha que se cruzaba en mi camino, apenas me di cuenta. Para cuando llegué al baño y me quité la ropa mojada y sucia, el entumecimiento casi me había envuelto por completo.
Mi mente intentó repasar la última hora, pero dominaba el arte de ignorar lo malo, de empujar los recuerdos desagradables e incómodos tras puertas mentales y cerrarlas con llave. Había terminado mi turno en el Blue Lantern como siempre; había vuelto a casa andando sin incidentes.
Entonces me giré hacia el espejo.
Esta vez no fue el pelo corto y oscuro lo que me hizo retroceder. No fue la piel pálida ni los ojos hundidos. Fue la marca roja e hinchada en mi cuello, donde Clancy me había mordido.
Eso fue todo lo que hizo falta para que las puertas se abrieran de golpe.
Las sensaciones me golpearon con la fuerza de una bola de demolición, y me derrumbé bajo el impacto: el agarre aplastante, el hedor a tabaco y anchoas, el rasguño áspero de la barba incipiente, el peso que me inmovilizaba en el charco de suciedad, el miedo, la desesperación. Me encogí sobre el lavabo, y el ácido me quemaba la garganta mientras vomitaba. Mi estómago se contrajo violentamente, dejándome jadeando entre arcadas mientras las lágrimas me corrían por la cara.
Me aferré al lavabo hasta que me dolieron los nudillos, con arcadas incluso cuando ya no quedaba nada, mientras mi cuerpo seguía intentando expulsar el terror que corría por mis venas.
Cuando todo terminó, me deslice hasta el suelo, con la espalda apoyada contra la cabina de la ducha, y me abracé las rodillas.
El baño estaba en silencio ahora, pero ese silencio no me ofrecía ningún consuelo. Tampoco lo hacía mi patético y pequeño abrazo.
Tarde o temprano tendría que levantarme, asearme y volver a salir a un mundo en el que a nadie le importaba que estuviera sufriendo.
Había pasado mucho tiempo desde que me fui de casa, pero aquella fue la primera vez que me sentí verdadera, absoluta y completamente sola.
PUNTO DE VISTA DE CELESTE
Desde que Sera y Kieran derrotaron a Catherine, los sueños no habían dejado de atormentarme.
Estaba bastante segura de que se trataba de recuerdos reprimidos, pero la Celeste de esos sueños se parecía tan poco a la Celeste que yo conocía que me resultaba más fácil fingir que eran fruto de una imaginación desbordante, en lugar de una versión de mí misma que mi madrina me había robado.
Había un sueño en particular que siempre me destrozaba tanto que me despertaba con lágrimas en los ojos y un peso que me oprimía el pecho.
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