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Capítulo 96:
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Al otro lado de la mesa, el apetito de Jeremy se despertó. Sin decir palabra, cogió el cuchillo y el tenedor, uniéndose a ella.
Kayla mantuvo a Jeremy en su visión periférica, recelosa pero tratando de disimular su nerviosismo. Afortunadamente, él parecía contento centrándose en su comida, sin hacer apenas ruido mientras comía.
Exhaló un suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo, con la mente a mil pensando en comer rápido y escabullirse a la primera oportunidad.
Cuando retiraron los últimos platos, entró un camarero, flanqueado por varios guardaespaldas corpulentos que traían en una plataforma un reluciente piano de cola. «Sr. Graham, ya está aquí el piano».
La curiosidad de Kayla se despertó al ver cómo se desarrollaba la escena. «¿Para qué es todo esto?».
Jeremy dejó a un lado los cubiertos y se limpió la boca con una servilleta impecable. Su rostro estaba sereno, indescifrable. «Me gustaría que tocases esa pieza de la otra noche.»
Kayla se dio cuenta de repente y su pulso se aceleró. Así que ese era su verdadero motivo para invitarla aquí.
Aún no sabía quién había compuesto la melodía, pero intuía lo importante que era para Jeremy. Si la estropeaba, podría ofenderlo, un riesgo que no estaba dispuesta a correr.
Apretó los labios, sopesando sus palabras antes de responder en voz baja: «Aquella noche solo estaba tocando a primera vista. No he ensayado mucho. ¿Quizá prefieras que toque un profesional?».
La mirada de Jeremy se agudizó y su tono no dejó lugar a discusión. «Quiero oírte tocarla a ti. Toca con el corazón, no te preocupes por nada más».
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Sin margen para protestar, Kayla asintió vacilante. «De acuerdo. Lo intentaré».
Se levantó de la silla y se acercó al piano, deslizando las yemas de los dedos sobre las teclas brillantes. El instrumento era sencillamente exquisito: cada tecla prometía un tono exuberante y resonante que parecía vibrar en el aire incluso antes de que ella tocara.
Al otro lado de la mesa, Jeremy se recostó en su asiento, sin apartar los ojos de ella. Su mirada era fría, inescrutable, mientras le indicaba que comenzara.
Con una respiración silenciosa, Kayla se dejó caer sobre el banco. Resignada, colocó las manos y dejó que las primeras notas brotaran.
Sus dedos delgados bailaban sobre las teclas, tejiendo una melodía que era a la vez delicada y agridulce. La música flotaba por el restaurante, cada nota brillando en el aire, evocadora y hermosa a la vez.
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