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Capítulo 97:
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Jeremy apoyó la barbilla en la palma de la mano, observando cada uno de sus movimientos. A medida que la canción iba cobrando intensidad, sus pensamientos comenzaron a divagar, sumergiéndose en un vívido sueño despierto.
Cuando era solo un niño, se había escapado de la cama y se había quedado en silencio en el pasillo, observando la silueta de su madre al piano.
Cuando terminó, ella lo saludó con una sonrisa amable y le hizo señas para que se acercara.
«Ven aquí, Jay».
Él corrió a su lado, con los ojos muy abiertos por la maravilla. «¿Qué canción era esa, mamá? Es preciosa».
«Si quieres, te la enseñaré», dijo ella, sentándolo en su regazo y guiando sus diminutos dedos por las frías teclas de marfil, con los brazos envueltos protectivamente a su alrededor.
Kayla dejó que la nota final se desvaneciera en el silencioso restaurante, con las manos descansando ligeramente sobre las teclas. Con un suave giro, miró a Jeremy y anunció: «Ya he terminado».
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Jeremy no había apartado la mirada ni una sola vez. Se quedó clavado en el sitio, alto e imponente, con los ojos indescifrables en la penumbra.
El silencio se prolongó, cargado de tensión, hasta que un atisbo de duda se coló en el pecho de Kayla. ¿Se había equivocado?
Después de lo que le pareció una eternidad, Jeremy finalmente se movió. Se acercó con paso firme, sin prisas, y se detuvo a su lado, con su sombra cayendo sobre las teclas.
«¿Dónde aprendiste esa pieza?».
Kayla respondió en voz baja: «Aprendí a tocar el piano de niña. La partitura estaba en tu sala de piano; simplemente la memoricé después de echarle un vistazo».
Él apoyó los dedos ligeramente sobre las teclas, y su cercanía chisporroteaba de electricidad. «Tienes buen oído».
Tomada por sorpresa por la repentina intimidad, Kayla se puso en pie a trompicones, pero calculó mal el paso y tropezó.
Antes de que pudiera recuperarse, los brazos de Jeremy la rodearon por la cintura, estabilizándola mientras ambos se balanceaban peligrosamente cerca del piano.
El corazón de Kayla latía con fuerza contra sus costillas. Estaba pegada a su pecho. Sus pestañas revolotearon cuando se atrevió a levantar la vista, captando la línea marcada de su mandíbula y la calidez desprevenida que parpadeaba en sus ojos.
Su mano se demoró en su cintura, con un tacto firme pero inesperadamente suave. Para ser un hombre famoso por su férreo autocontrol, sentía que su compostura se desvanecía en su presencia.
Jeremy inclinó la cabeza, con un tono de voz teñido de burlona calidez. «¿Un solo cumplido y ya te lanzas a mis brazos?».
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