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Capítulo 95:
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Kayla llegó al restaurante Sunshine Garden justo cuando el reloj daba las siete. El restaurante estaba inquietantemente silencioso, sin comensales a la vista, solo un puñado de empleados moviéndose en silencio por el espacio vacío.
Un camarero cortés se acercó y preguntó: «Señora, ¿es usted la señora Graham?».
Kayla asintió. «Sí, soy yo».
«Por favor, por aquí. El señor Graham la espera arriba».
El camarero condujo a Kayla a la terraza del segundo piso, donde una larga mesa brillaba bajo una selección de platos delicados y artísticamente emplatados.
Junto a la barandilla, Jeremy estaba de pie, de espaldas a ella. Vestido con una camisa oscura y planchada —el cuello abierto, las mangas casualmente remangadas—, desprendía una autoridad natural.
Cuando se giró para mirarla, las luces del techo iluminaron las marcadas líneas de su rostro, con rasgos afilados pero no severos, y una tormenta de poder silencioso bullendo tras sus ojos. Las sombras bailaban sobre su expresión, confiriéndole un encanto peligroso, casi magnético.
A Kayla se le cortó la respiración y el corazón le latía con fuerza mientras luchaba por calmar la oleada de nervios y asombro. «Hola, Jeremy».
Jeremy deslizó suavemente una silla y le indicó que se sentara. «Toma asiento».
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Kayla se acomodó en la silla frente a él, incapaz de apartar la mirada del suntuoso banquete que tenía ante sí. El apetitoso aroma le hacía la boca agua; apenas había comido en todo el día, solo había tomado un tentempié rápido entre su visita al centro de cuidados con Marsha. Ahora, su estómago rugía en señal de protesta.
La mirada aguda de Jeremy captó el hambre en su expresión. Se inclinó ligeramente hacia ella, con voz suave y acogedora. «Todos estos platos se han preparado solo para ti. No te cortes, come».
«¿Hay alguna razón por la que me hayas invitado aquí esta noche?». Aunque Kayla estaba ansiosa por hincarle el diente, su curiosidad pudo más.
La mirada de Jeremy se oscureció, indescifrable pero intensa. «Come primero. Hablaremos después». Su tono no dejaba lugar a discusión.
A regañadientes, pero sin otra opción, Kayla cogió los cubiertos.
Se movió con una gracia ensayada, cada gesto elegante y sin prisas. El cálido resplandor dorado del restaurante le rozaba el rostro, acentuando sus delicados rasgos y las tenues sombras bajo sus ojos.
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