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Capítulo 1031:
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Solo los criminales más despiadados entre las criaturas hombrelobo recibían una sentencia así.
En cuestión de minutos, la plaza se llenó a rebosar. Innumerables hombres lobo y otras criaturas levantaron sus dispositivos de grabación y retransmitieron la ejecución en directo. La multitud se extendía desde la base de la plataforma hasta los extremos más lejanos de todas las calles cercanas.
Los guardias arrastraron a Justine hasta la plataforma. Los verdugos le colocaron una soga alrededor del cuello y la prepararon para la ejecución. Al verlo, Emilia se derrumbó por completo y gritó: «¡No! ¡Por favor, no podéis hacer esto!».
De alguna manera se zafó de los soldados y se arrastró hacia Lillian. Al llegar hasta ella, la agarró por el dobladillo del vestido y le suplicó que salvara a Justine.
Ahora por fin comprendía que Lillian era la única persona con el poder suficiente para detener aquello.
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«¡Por favor, detén esto, Lillian! ¡Lo siento! ¡Me equivoqué!». Desesperada por mantener a Justine con vida, Emilia se abofeteó una y otra vez mientras lloraba. «¡Por favor, no ejecutes a mi hija! ¡Esto es culpa mía! Todo lo que ha pasado es por mi culpa. Te traté fatal y sé que me equivoqué. ¡Por favor, Lillian, te lo suplico!».
Parecía un animal indefenso sin ningún sitio al que huir. Entre sollozos entrecortados, suplicó: «Justine es mi única hija. Por favor, no la mates».
Con calma, Lillian se agachó frente a Emilia y le secó las lágrimas de las mejillas. Luego preguntó en voz baja: «¿Qué más se supone que debo hacer? Yo también tenía una sola madre, y tu familia la mató».
Al oír esas palabras, Emilia se derrumbó a los pies de Lillian. Las pocas fuerzas que le quedaban se desvanecieron por completo.
Durante toda la mañana, Justine no había dejado de murmurar y reír sin parar. Su locura solo dio paso al terror cuando el verdugo apretó la soga y se dispuso a levantarla.
El pánico le dilató los ojos mientras sus pupilas se encogían. Su mirada recorrió rápidamente la enorme multitud que había abajo hasta que divisó a Emilia de rodillas ante Lillian. Cerca de allí, dos guardias sujetaban firmemente a Marcus por los brazos. Se había quedado pálido como la cera.
Desesperada, Justine buscó a Norma con la mirada, pero la mujer mayor no levantaba la vista. La destrucción de la familia Clark la había dejado conmocionada.
Otra mirada frenética llevó la atención de Justine al otro lado de la plaza hasta que encontró a Lillian observándola con ojos fríos.
Algo parecido a una sonrisa se dibujó en los labios de Lillian. Sin emitir ningún sonido, articuló con los labios la pregunta que le había hecho antes. ¿Se arrepentía por fin Justine de lo que había hecho?
Justine parpadeó.
Esa misma pregunta se le había pasado por la cabeza innumerables veces.
Desde que nació, la habían tratado como la legítima sucesora de la familia Clark y como la mujer con más talento de su generación. Toda su educación la había preparado para alcanzar el poder a través del vínculo más fuerte posible. Todos los miembros de la familia la habían alabado y protegido como su tesoro más preciado. Por eso, siempre se había considerado muy superior a Lillian. Para ella, Lillian no era más que una forastera indeseada a la que la familia Clark tenía todo el derecho a despreciar.
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