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Capítulo 782:
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Damon iba en la parte trasera del todoterreno, a toda velocidad hacia el aeródromo privado. Silas conducía. Un médico estaba agachado junto a Damon en aquel espacio tan reducido, intentando colocarle una vía intravenosa en una vena colapsada.
«Deja de pincharme», gruñó Damon, apartando de un manotazo la mano del hombre.
«Tu tensión arterial es de ochenta sobre cincuenta», dijo el médico, con gotas de sudor en la sien. «Estás entrando en estado de shock».
« «Me voy a la guerra», corrigió Damon.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Vesper.
Estoy con ella. De momento está a salvo. No vengas.
Ella lo estaba protegiendo. Incluso ahora, desde dentro de la guarida del león, intentaba protegerlo.
Damon se quedó mirando la pantalla. Escribió una respuesta con los dedos temblorosos: Voy para allá.
La borró.
Escribió: Espera la señal.
Pulsó «enviar».
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El aeródromo apareció a través de la ventana salpicada por la lluvia. El helicóptero ya estaba esperando, con las palas del rotor girando y lanzando cortinas de agua en la oscuridad.
Damon salió del todoterreno. El viento le azotó: frío, cortante, inmediato. A pesar de todo, sintió algo parecido a estar vivo. El dolor seguía ahí, pero se había convertido en un rugido sordo y de fondo. Los analgésicos en dosis altas y la adrenalina se habían combinado en una extraña claridad disociativa, de esas que hacen que todo lo demás pase a un segundo plano y que el único objetivo que tiene por delante parezca luminoso.
Subió al helicóptero, con movimientos rígidos y deliberados. Silas le siguió.
—¿El equipo está en posición? —preguntó Damon a través de los auriculares mientras la puerta se cerraba tras ellos.
—Gideon está en el perímetro —confirmó Silas—. Pero Julian tiene mercenarios. Armamento pesado. Va a ser una masacre.
—Bien —dijo Damon—. Me apetece un poco de rojo.
El helicóptero despegó y viró sobre el Hudson. La ciudad se extendía bajo ellos: una interminable cuadrícula de luz y oscuridad, indiferente y magnífica. En algún lugar de esa cuadrícula, Vesper sostenía la mano de una chica moribunda y esperaba un rescate que creía que nunca llegaría.
Damon cerró los ojos.
Retuvo su rostro en su mente. El aspecto que tenía cuando estaba furiosa. El aspecto que tenía mientras dormía: desprevenida, por fin tranquila, por fin suya.
Quemaré toda la ciudad. Le había hecho esa promesa.
Esta noche, la cumpliría.
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