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Capítulo 597:
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El coche se incorporó a la autopista de Long Island. El silencio dentro del habitáculo era más denso que el tráfico de fuera. Los limpiaparabrisas marcaban un rítmico golpe-silbido que parecía contar los segundos que faltaban para la inevitable explosión.
Vesper rompió el silencio primero.
«¿Dónde estabas realmente?», preguntó. Tenía la mirada fija en la carretera y los nudillos blancos sobre el volante de cuero. «Antes de que aparecieras en la tienda».
Damon se puso tenso. Observó cómo la lluvia difuminaba las luces de la ciudad en largas rayas distorsionadas. «Ya te lo he dicho. Estaba ocupándome de unos asuntos».
«No me mientas, Damon», espetó Vesper. «Me estabas siguiendo. El coche de Carter ha estado detrás de nosotros durante las últimas cinco millas. Vi los faros».
«Si lo sabías, ¿por qué te detuviste?», eludió Damon, con su orgullo negándose a rendirse.
—Porque quería ver si de verdad te bajarías —dijo Vesper, con la voz ligeramente temblorosa—. O si te limitarías a observar desde tu torre, como siempre haces.
Damon se giró para mirarla de perfil. —Siempre me bajaré, Vesper. Siempre vendré a por ti.
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«Entonces, ¿por qué mentir al respecto?», exclamó Vesper. «¿A qué vienen esos juegos? ¿A qué viene esa tontería de estar “indispuesto”?»
«¡Porque estoy intentando mantenerte a salvo!», alzó la voz Damon, llenando la pequeña cabina. «¡Estaba intentando arreglar las cosas! ¡Estaba intentando solucionar el lío con Serena para que tú no tuvieras que lidiar con ella!».
El nombre flotaba en el aire como un gas tóxico. Serena.
Vesper pisó a fondo el acelerador.
El motor rugió. El velocímetro subió. 70 mph. 80. 90.
Damon se agarró al tirador de la puerta —que había desinfectado—. La repentina aceleración lo empujó contra el asiento. El mundo fuera de la ventanilla se difuminó en rayas de luces traseras rojas y faros blancos.
—Vesper —advirtió Damon con voz tensa—, reduce la velocidad.
—Entonces quizá debería llevarte Serena —espetó Vesper. Rebasó a un camión que circulaba lento, pasándole muy cerca—. Es toda una víctima, ¿verdad? ¿Necesita que la salven? ¿Necesita a un hombre grande y fuerte que la coja?
—¡No quería atraparla! —gritó Damon, cerrando los ojos cuando los estímulos visuales se volvieron insoportables. Las luces pasaban a toda velocidad, creando un efecto estroboscópico que le martilleaba las retinas—. ¡Quería dejar que se estrellara contra el asfalto! ¡Pero no pude!
—¿Por qué? ¿Porque todavía te importa?
Vesper se desvió hacia el carril izquierdo. 95 mph.
«¡Porque no soy un asesino!», jadeó Damon. Sintió un vuelco en el estómago.
No era solo el estrés. Era el movimiento. El trastorno de procesamiento sensorial de Damon afectaba a su sistema vestibular. Altas velocidades, movimientos erráticos, luces intermitentes… era la receta perfecta para el desastre.
Sintió cómo se le iba la sangre de la cara. Se le llenó la boca de saliva.
—Vesper —dijo, con la voz que perdía su tono de ira y se volvía débil y aguda—. Para el coche.
—No —dijo Vesper, con los ojos encendidos por las lágrimas que se negaba a derramar—. ¿Quieres controlarlo todo? Controla esto. Controla el coche.
—Me voy a marear —susurró Damon.
Vesper le echó un vistazo. Esperaba verlo con la mirada fulminante. En cambio, lo vio pálido, sudando, con la mano apretada contra la boca y los ojos bien cerrados. Parecía verde a la luz del salpicadero.
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