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Capítulo 821:
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«Lo juro, yo no lo hice. Amaya, por favor, es Charlee, ¡me está tendiendo una trampa!».
Los agentes no prestaron atención a sus desesperadas protestas mientras la escoltaban fuera.
Cuando las pesadas puertas se cerraron tras ellos, la mansión quedó sumida en un tenso silencio. Amaya se quedó paralizada antes de desplomarse en el sofá, envejeciendo varios años en cuestión de segundos.
Charlee se acercó y, con expresión suave, le puso una mano tranquilizadora en el hombro.
—Amaya, no dejes que alguien como ella te afecte. No lo merece. Yo me encargaré de todo, no te preocupes.
Amaya apretó la mano de Charlee con fuerza, su voz apenas un susurro. —Charlee… Si no fuera por ti, Kason… Kason podría haber… —Se atragantó, incapaz de terminar.
Charlee la rodeó con un brazo, con voz firme. —No pasa nada. Kason está a salvo. Y me aseguraré de que siga así.
Al día siguiente, Bettina caminaba de un lado a otro por el salón de la villa, con movimientos bruscos y agitados.
La luz del sol entraba a raudales por los ventanales que iban del suelo al techo.
—¡Maldita Eloise! ¡Idiota inútil! —murmuró entre dientes, apretando el teléfono con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
Todo había sido planeado a la perfección. La victoria estaba al alcance de la mano. Y, sin embargo, en el último momento, Eloise se había derrumbado, atrapada en la trampa de Charlee como un insecto indefenso.
El repentino sonido de su teléfono la sacó de sus pensamientos.
Exhaló bruscamente, obligándose a mantener la compostura antes de pulsar el botón de respuesta.
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—¿Hola?
—Señorita Walsh, ¡tengo una noticia maravillosa!
¡Ha habido un giro inesperado!».
La voz de un hombre crepitaba de emoción al otro lado del teléfono, su tono prácticamente vibraba de alegría.
El corazón de Bettina se hundió hasta el estómago y una ola de pánico la invadió. «¿Qué giro?».
«Ha llegado el último informe policial. ¿La comida que Charlee envió para analizar? No contenía veneno, solo… vitaminas. Eloise ha sido puesta en libertad».
—¿Qué? —Bettina jadeó, con los dedos temblorosos, a punto de soltar el teléfono.
¿Vitaminas? ¿Cómo era posible?
Tambaleó hacia atrás, casi como si la fuerza de la revelación la hubiera golpeado, y se derrumbó en el sofá, con la respiración entrecortada.
—¿Cómo puede ser? ¿Vitaminas? —susurró entre dientes, con la mente en blanco, como una página arrancada de un libro.
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