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Capítulo 493:
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Cerca de allí, Carole se quedó paralizada, con cara de asombro. No podía comprender cómo, en el instante que Gordon tardó en columpiarse, Kellan se había llevado a Allison sin siquiera un borrón.
Fuera, el aire fresco de la noche golpeó la cara de Allison, con el corazón latiéndole con fuerza por la conmoción.
Su mente se aceleró, reconstruyendo todo lo que había visto. ¿Cómo…? El estómago se le retorció de inquietud.
Empezaba a ver al hombre que tenía delante bajo una luz nueva y más oscura, que le planteaba más preguntas que respuestas. Los movimientos de Kellan eran increíblemente rápidos: practicados, eficaces, instintivos. Debía de ser la precisión de alguien que había pasado años perfeccionando sus habilidades de supervivencia. Sin embargo, no quiso darle demasiada importancia. De lo contrario…
El viento silbaba en sus oídos mientras la arrastraban por la calle vacía, sin que el rápido ritmo le diera tiempo a protestar.
Se quedó mirando la ancha espalda de Kellan, la tela de su camisa estirándose sobre músculos tensos y enroscados, cada línea de él tensa y preparada, como una tormenta contenida entre frágiles muros.
Su agarre era hirviente en su cruda intensidad.
Llegaron a un callejón desierto y Kellan se detuvo, aflojando por fin su agarre pero sin soltarla.
«Tú…» Ella jadeó, recuperando el aliento, con el pulso todavía frenético mientras su mente intentaba ponerse al día. Levantó la mirada y se encontró con los ojos de él, de un rojo intenso y abrasador bajo una máscara de calma que era cualquier cosa menos eso. Un aroma penetrante y terroso flotaba en el aire a su alrededor, como el humo del cedro saliendo de las brasas moribundas.
«Allison, a veces me dan ganas de matar a ese gamberro». Se acercó un paso.
Ella sintió la fría pared contra su espalda cuando sus hombros chocaron contra ella, tan cerca que cada vez que respiraba su olor penetraba más profundamente en sus pulmones.
Su voz bajó, cada palabra cuidadosamente medida y escalofriante. «Especialmente cuando os vi a los dos, acogedores en aquel café hoy, hablando como si yo no estuviera a mil kilómetros más cerca de lo que él estará nunca. Pensé en mil maneras de asegurarme de que no volviera a cruzarse en tu camino. En silencio. Permanentemente».
A Allison se le revolvió el estómago, no por el miedo, sino por la aterradora certeza de que él podría cumplir cada amenaza susurrada. Ella le conocía.
Apretó la mandíbula mientras luchaba por mantener la compostura. «Sr. Lloyd, usted no puede entrometerse en mi vida», replicó ella, con el tono más firme posible. «Mis decisiones son mías, al igual que sus asuntos con la señorita Perry no son de mi incumbencia. Ya sean negocios o… deudas, no me corresponde interferir».
Fue un recordatorio -tanto para él como para ella- de que era mejor dejar las barreras entre ellos. Mantener cierta distancia era la mejor opción para ambos.
La boca de Kellan se curvó en una sonrisa sombría, sus ojos ardían de humor negro. «Tienes razón. No es asunto mío».
Pero su mirada contaba otra historia, una llena de desafío apenas contenido, como si una parte de él deseara cruzar esa línea, sin importar las consecuencias.
El sentimiento le atenazaba con una urgencia cruda y eléctrica, especialmente cuando la había visto a punto de marcharse con Gordon, el gélido miedo a la pérdida casi astillando su autocontrol.
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