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Capítulo 626:
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Verena permanecía serena, con las manos cruzadas en el regazo y la mirada tranquila fija en el lago, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Las palabras de Luis titubeaban, mientras su nuez subía y bajaba. Dentro de la carpeta se encontraban los resultados del ADN: la prueba que los unía a él y a Verena.
Una sola frase bastaría para desvelar la verdad.
Pero el recuerdo de las palabras inapropiadas que le había dirigido en el pasado le atormentaba por dentro, dejándolo sumido en la indecisión.
¿Qué haría ella cuando por fin se enterara de su verdadero vínculo?
¿Y qué pensaría de él?
𝘔𝗮́s 𝗇o𝘷𝗲𝘭𝘢𝘴 e𝗇 𝘯о𝘷𝗲𝗅𝘢𝘀𝟦𝗳aո.𝗰o𝘮
Frunció el ceño y sus ojos se nublaron de conflicto.
Con una mano agarraba la carpeta como si fuera un salvavidas, mientras que con la otra se frotaba el muslo con un movimiento inquieto.
La paciencia de Verena, aunque firme, no era infinita. Al ver su vacilación, supuso que, una vez más, la estaba engañando.
Su ceño se frunció aún más; su voz se agudizó con impaciencia mientras se ponía en pie. «Señor Sampson, nuestra colaboración ya ha terminado. Si no tiene nada que decir, me marcharé. Y otra cosa…» Hizo una pausa, volviéndose fríamente hacia él. «Somos desconocidos. Espero que mantenga la distancia. Tengo mi propia familia, y a mi marido nunca le gustaría esto».
Sus palabras resonaron claras como el cristal. Se giró como si fuera a marcharse.
Una punzada de dolor atravesó el pecho de Luis. Antes de que el pensamiento pudiera tranquilizarlo, el instinto se apoderó de su cuerpo. Dio un paso adelante y la agarró del brazo.
«Verena… soy tu hermano». Su voz resonó con urgencia, temblando al atravesar el aire.
Verena se quedó paralizada, con el rostro repentinamente convertido en un lienzo de conmoción e incredulidad, su mente atrapada entre la negación y la confusión.
Los ojos de Verena se abrieron de par en par, con la mirada clavada en Luis, atrapada entre la incredulidad y una conmoción demasiado intensa como para asimilarla.
Durante varios largos segundos, sintió la garganta oprimida, y la voz se le negaba a salir. Por fin, las palabras salieron a duras penas, crudas y vacilantes. «¿Qué estás diciendo?».
Para ella, Luis debía de haber perdido la cabeza para decir algo así.
Le temblaban las manos mientras arrebataba la carpeta del banco y la abría de un tirón con frenética urgencia. Los papeles se deslizaban y crujían entre sus dedos temblorosos mientras se los tendía.
«Sé que suena imposible», dijo con voz ronca y temblorosa. «Pero es la verdad. Tú y yo compartimos la misma sangre: eres mi hermana».
Sus palabras salieron a borbotones, impulsadas por la desesperación. «Te llevaron del Hospital de Mujeres y Niños de Starshell antes incluso de que cumplieras un mes. Mamá nunca se recuperó de haberte perdido. Se derrumbó: su mente, su espíritu. Desde entonces no ha vuelto a ser la misma. La salud de papá también se vino abajo, pero se obliga a cuidar de ella. Todo se desmoronó después de que te fueras».
El enrojecimiento de sus ojos se intensificó hasta que las lágrimas se le pegaron a las pestañas, a punto de derramarse.
Verena frunció con fuerza el ceño, su rostro se ensombreció por la sospecha y su mente rechazó aquellas palabras como si formaran parte de una obra de teatro absurda y retorcida.
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