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Capítulo 625:
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Verena, sin embargo, no prestó atención alguna a su cambio de expresión. Preguntó directamente: «Señor Sampson, ¿qué le trae por aquí? Esto es un hospital, y sus constantes visitas no son precisamente apropiadas».
Sus ojos seguían siendo claros como el agua de manantial, aunque su frialdad revelaba cierta distancia.
Esas palabras, frías como la escarcha, hicieron que Luis cerrara los puños inconscientemente. Una punzada de pena lo atravesó: el corazón de su hermana seguía cerrado para él. Sabía que esos lazos no se podían reparar de la noche a la mañana; solo el tiempo pondría a prueba su paciencia.
Apretó los labios formando una línea fina, y la amargura se reflejó fugazmente en su rostro.
Sin embargo, pronto respiró hondo, como si sacara valor del propio aire, y enderezó la postura, con expresión solemne. «Señora Bennett», comenzó, con voz baja y ronca, cargada de sinceridad. «Sé que mis acciones pasadas la desconcertaron… y, en ocasiones, incluso la ofendieron».
Bajó la cabeza, como si se inclinara bajo el peso de su propia vergüenza. «Por eso, aquí y ahora, le ofrezco mi más sincera disculpa por la grosería y la presunción que mostré en su día».
Ú𝗇𝖾𝗍𝖾 𝖺 𝗆𝗂𝗅𝖾𝗌 𝖽𝖾 𝖿𝖺𝗇𝗌 𝖾𝗇 𝗇𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌𝟦𝖿𝖺𝗇.𝖼𝗈𝗆
Con cuidado deliberado, se inclinó hacia delante y realizó una profunda reverencia. Cada movimiento era pausado, solemne, marcado por una intención genuina.
El momento se congeló; las enfermeras y los pacientes que pasaban por allí lanzaban miradas curiosas, pero Luis parecía ajeno a sus ojos.
Los ojos de Verena parpadearon, con un atisbo de confusión en ellos. Su repentina disculpa le pareció tan inesperada como desconcertante.
Sus labios se entreabrieron, dispuesta a hablar, pero antes de que pudiera articular palabra, Luis prosiguió: «Pero hoy he venido por algo más que una disculpa. Tengo algo crucial que contarte. ¿Me concederías un poco de tu tiempo?».
Su expresión se mantuvo serena, su tono seco. «Adelante».
Luis echó un vistazo a los pasillos abarrotados. «Un hospital es demasiado ruidoso para este tipo de conversaciones. ¿Quizá podríamos buscar un lugar más tranquilo para hablar?».
La mirada de Verena recorrió los concurridos pasillos: médicos y enfermeras yendo de un lado a otro, familiares desbordados por la ansiedad. Efectivamente, no era precisamente el lugar ideal para una charla privada.
Pero la memoria se lo recordó: él ya había utilizado esa misma excusa antes, solo para dejarla con silencio y confusión. La desconfianza destelló en su mirada.
Como no quería tener una larga conversación con él en algún restaurante como la vez anterior, dijo: «Sígueme».
Se dio media vuelta y se dirigió hacia el extremo más alejado del pasillo.
Luis, al darse cuenta de su intención, hizo un gesto a su asistente.
Este le entregó rápidamente una carpeta, que Luis agarró antes de salir corriendo tras ella.
Verena lo condujo al jardín de rehabilitación del hospital, donde arroyos serpenteantes, árboles que proyectaban sombra y racimos de flores formaban un refugio alejado del bullicio del mundo.
Paseaban por senderos sinuosos hasta llegar a un lago artificial. Bajo la superficie cristalina, los peces se deslizaban en repentinos destellos plateados.
Había bancos repartidos a orillas del lago, y Verena eligió uno, sentándose con serena compostura.
Levantando la vista hacia él, dijo con tono tranquilo: «Señor Sampson, aquí hay suficiente tranquilidad. Por favor, vaya al grano».
Luis asintió levemente y, tras un momento de vacilación, se sentó en el banco, cuidando de mantener una distancia respetuosa. «La verdad es que…», comenzó lentamente, con las manos inquietas sobre los muslos y la mirada posándose en ella de vez en cuando.
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