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Capítulo 1160:
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Una vez dentro de su nueva habitación, la fina capa de control de Lacey se hizo añicos. La ira surgió como una marea y lo barrió todo de la mesa con un movimiento furioso.
El choque de objetos resonó por los pasillos, llamando la atención de los criados que pasaban.
Sus miradas desdeñosas atravesaban a Lacey como cuchillos. Para ellos, Lacey no era más que una pobre imitación de las mujeres que una vez habían adornado la vida de Jake. Sarah, su ex novia, había sido altiva pero refinada, una dama de estatus y compostura impecable. Kallie desprendía más gracia y aplomo que Lacey. Por qué Jake había elegido a Lacey era un misterio que nadie se atrevía a expresar en voz alta, pero el juicio tácito persistía en cada interacción.
La furia de Lacey aumentaba con cada desaire imaginado. Podía sentir su desprecio silencioso, sus susurros arrastrándose detrás de ella como sombras. Pero cuando su rabia se calmó, se desplomó en el suelo, con el cuerpo destrozado por la frustración y la desesperanza. Miró sin comprender la opulenta habitación que la rodeaba, cuyo lujo contrastaba con la agitación de su corazón.
Por un momento, Lacey se preguntó cuánto tiempo podría soportar esta vida, esta humillación constante. Pero la idea de marcharse la llenó de un temor aún mayor. Había vislumbrado un mundo de riqueza y privilegios, al que ahora creía pertenecer. La idea de volver a su antigua vida le resultaba insoportable. No. No había hecho nada malo. Merecía quedarse, costara lo que costara.
Lacey se sentó congelada, con sus pensamientos convertidos en una tormenta que se negaba a dejar que se derramara sobre su rostro. Desde que había envenenado a Jake, soportar esta humillación debería ser fácil. Se aferraba a la creencia de que sus circunstancias actuales eran temporales, una fase pasajera que podía doblegar a su voluntad.
Con una respiración lenta y pausada, Lacey enderezó la postura y dejó que la invadiera una calma glacial. Se dirigió a la puerta y llamó a dos criados.
«Limpiad esto», ordenó, con voz suave pero inflexible, la barbilla alta como si estuviera por encima de cualquier reproche. Los criados se miraron unos a otros, apenas disimulando su irritación, mientras se ponían en marcha para obedecer.
Las quejas que murmuraban no escaparon a los oídos de Lacey, pero ella permaneció impasible. Permaneció de pie como una estatua, observando sus movimientos con una inquietante quietud y una expresión carente de calidez o disculpa.
Los criados, al principio desdeñosos, empezaron a sentir un inexplicable malestar. Había algo desconcertante en la mirada distante de Lacey, algo escalofriante en el fugaz destello de malicia que captaban en sus ojos. Se les erizó la piel y, aunque no dijeron nada, trabajaron más deprisa, ansiosos por abandonar su presencia.
Para cuando la fiesta de compromiso se vislumbraba en el horizonte, Lacey había cambiado de cara, una cara que sonreía a pesar de la amargura latente que había debajo.
Jake, siempre atento a las apariencias, no había escatimado en gastos a la hora de contratar a un equipo profesional para asegurarse de que Lacey luciera impecable. Y lo estaba.
El encanto que Lacey había poseído en el pasado se había perfeccionado. Bajo manos expertas, se transformó en una encarnación de la elegancia, sus rasgos pulidos en un espejo de gracia.
Pero la transformación de Lacey iba más allá del maquillaje o el vestido. Bajo la superficie, era un estudio de control, cada gesto y cada mirada meticulosamente ensayados. El mimetismo no era evidente, pero tenía que seguir fingiendo ser otra persona, convirtiéndose en una ilusión. Si bajaba la guardia un solo segundo, toda la fachada se derrumbaría.
Decidida a no ser vista como una mala imitación, Lacey se calzó unos tacones que rara vez llevaba, enderezó la espalda y practicó un caminar que destilaba elegancia. Pero a cada paso, su energía se agotaba.
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