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Capítulo 505:
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Estaba untando tranquilamente mantequilla en una rebanada de pan, con expresión indiferente, como si la tormenta que estallaba en su propia mesa no tuviera nada que ver con él.
Pero ella sabía que no era así. Podía ver la inteligencia fría y calculadora detrás de sus ojos. Esto era obra suya. Estaba utilizando la previsible arrogancia de Victoria para crear el caos, para destrozar la velada sin remedio.
Era la tapadera perfecta para lo que fuera que tuviera planeado a continuación.
La frenética intervención del gerente logró sofocar la guerra abierta entre Joy y Victoria, pero el ambiente seguía cargado de una hostilidad tácita.
Llegó el primer plato: un filete mignon perfectamente sellado.
Preston se fijó en el rostro pálido de Isidora y en cómo tenía las manos apretadas sobre el regazo. Con un gesto tranquilo y considerado, acercó su plato hacia sí.
—Déjame a mí —murmuró. Cortó con destreza el filete en trozos pequeños y fáciles de comer antes de deslizar el plato de nuevo frente a ella. Fue un acto de sencillez y profunda amabilidad.
Y, a ojos de Cedrick, fue una declaración de guerra.
Su mirada —fría y afilada como un fragmento de hielo— se desplazó de las manos de Preston a las piernas de Isidora, ocultas bajo el mantel.
Isidora cogió el tenedor. Al llevarse el primer trozo de filete a la boca, sintió que algo le rozaba la pantorrilla.
Se quedó paralizada, con el tenedor suspendido en el aire.
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Fue un roce ligero, casi accidental. Una superficie dura y lisa contra la seda de su media.
Instintivamente intentó retirar la pierna, pero el objeto la siguió, deslizándose desde su pantorrilla hasta la sensible piel detrás de la rodilla con un movimiento lento, deliberado y profundamente sugerente.
Era la punta del zapato de un hombre. Un zapato de cuero caro, cosido a mano y lustrado hasta quedar brillante como un espejo.
Levantó la cabeza de golpe y sus ojos se posaron en Cedrick.
Él estaba recostado en su silla, bebiendo a sorbos su vino, con una expresión que era una máscara de indiferencia distanciada. Pero sus ojos, cuando se cruzaron con los de ella por encima del borde de la copa, brillaban con una malicia oscura y triunfante.
La estaba tocando. Debajo de la mesa. Delante de todo el mundo.
Un torrente de pánico puro la atravesó. Intentó apartar la pierna de un tirón, pero él estaba preparado para ello. Le atrapó la pierna entre la suya y la gruesa pata tallada de la mesa. Estaba inmovilizada.
Su zapato se volvió más atrevido, el borde de la suela trazando círculos perezosos en la parte interior de su muslo, el cuero áspero contra la fina seda de su media.
Un temblor la recorrió: un escalofrío humillante de miedo y algo más que se negaba a nombrar. El calor le inundó las mejillas. Su respiración se volvió superficial y rápida.
—Isi, ¿estás bien? —La voz de Joy atravesó la neblina—. Tienes la cara toda roja. ¿Está la comida demasiado picante?
—No… estoy bien —logró articular Isidora, agarrando su vaso de agua y dando un largo y desesperado trago.
Justo en ese momento, el teléfono que tenía en el regazo vibró.
Bajó la mirada. Un iMessage de un número desconocido y encriptado. Le temblaban los dedos al abrirlo.
El mensaje era breve. Brutal.
¿Te gusta cómo te estoy tratando, mi querida sobrina política?
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