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Capítulo 1008:
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Isolde frunció el ceño. No lo entendía. El sillón estaba de espaldas a Belle. Solo daba a la vista.
Grayson se acercó a ella. Lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler el bourbon en su aliento, mezclado con algo más penetrante. Algo que podría haber sido adrenalina.
«Siéntate». La palabra era apenas audible, susurrada en el espacio que los separaba como un secreto. «Si quieres saber la verdad sobre los historiales médicos de Effie».
Isolde se puso rígida. Sus dedos se cerraron sobre su muslo, las uñas clavándose a través del terciopelo hasta la piel. La mención del nombre de su hija era el cebo esperado, y ella llevaba mucho tiempo preparada para morder el anzuelo. Había entrado allí precisamente para ver la trampa en su totalidad.
Se dirigió hacia la silla. Cada paso, medido y controlado; los hombros hacia atrás, la barbilla levantada. Se acomodó en el cuero con la gracia de una reina tomando asiento en la corte. Esa postura le permitía mostrar su perfil a la habitación, a Belle, a toda aquella grotesca representación.
Belle observó aquello y algo se le partió en el pecho. Se le escapó un sonido, pequeño y herido, como el de un animal atrapado en una trampa que se da cuenta de que las mandíbulas por fin se han cerrado.
Grayson se colocó de pie frente a Belle. La miró desde lo alto de su estatura, con la copa de champán vacía suelta en la mano, reflejando la luz como un prisma.
«Escobar». Hizo rodar el nombre en la boca como si fuera un vino que estuviera catando y que le resultara agrio. «Parece que tienes una idea equivocada».
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Dio un golpecito a la alfombra con la punta del zapato. Un pequeño gesto de desdén. «¿Crees que soy yo quien te juzga esta noche?»
Belle abrió la boca. La cerró. Sus ojos, hinchados y enrojecidos, se movían rápidamente de Grayson a Isolde y viceversa. El silencio se alargó, elástico y terrible.
Grayson levantó la mano. Señaló, no con el dedo, sino con toda la copa, extendida como la batuta de un director de orquesta.
Hacia Isolde.
«Te equivocas». La palabra cayó como un martillo de juez. «Es ella».
A Belle se le cortó la respiración. Su cerebro se negaba a procesar la geometría de la habitación, la orientación de la silla, la dirección del gesto de Grayson.
Era imposible. Era obsceno.
«Esta noche —continuó Grayson, bajando la voz hasta un murmullo coloquial que, de algún modo, llenaba todo el espacio—, tanto si sales de esta habitación con tu libertad como si pasas los próximos veinte años en una prisión federal, todo depende exclusivamente de una cosa».
Hizo una pausa. Dejó que el silencio se volviera mordaz.
«De si eres capaz de convencerla».
El grito que se escapó de la garganta de Belle fue inhumano. Era el sonido de una visión del mundo que se hacía añicos, de cada cálculo, manipulación y esperanza desesperada que se derrumbaba en escombros.
«¡No!». Se abalanzó hacia delante, con las manos arañando el aire entre ellos. «¡No! ¡Ella no es nada! ¡No es más que una ama de casa a la que tú descartaste! No tiene poder, no tiene…»
Los ojos de Grayson se volvieron gélidos. La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados.
«Silas». No alzó la voz. No le hacía falta. «Recuérdale a la señora Escobar las normas».
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