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Capítulo 846:
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Se le cortó la respiración. Estar sentada sobre su regazo hizo que, de repente, todo le pareciera demasiado cercano, demasiado peligroso.
La presión debajo de ella cambió, lo suficientemente firme como para que ella lo notara. Ese sutil recordatorio de su posición le provocó una chispa.
Su pulso se aceleró. Una oleada de calor le subió por el cuello y le llegó a la cara.
«Eres increíble». Fue la única respuesta que se le ocurrió.
Sus labios se curvaron, demasiado satisfecho de sí mismo. «Sigue. Me gusta cuando hablas».
«Eres un descarado». Le empujó el hombro, con la frustración y la vergüenza enredándose en su interior.
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«Lo admito. ¿Cuándo me he comportado como un caballero contigo?». Una risa tranquila retumbó en su pecho, y el sonido vibró contra sus palmas.
Se inclinó y rozó con la nariz el lado de su oreja, lento y deliberadamente.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo antes de que pudiera evitarlo.
—Sigue. —Su voz tenía esa confianza perezosa que siempre le ponía los pelos de punta—. Puedes insultarme todo lo que quieras. No voy a ceder.
Se movió ligeramente debajo de ella, sujetándola con firmeza. Sus siguientes palabras resonaron con clara intención. —No te muevas. No te voy a soltar hasta que esté satisfecho.
Alexia quería hincarle los dientes, pero su agarre la mantenía inmóvil. Tenía la cara pegada al lado de su cuello, donde el tenue aroma a antiséptico se mezclaba con su piel cálida y masculina. La mezcla de olores le hacía dar vueltas la cabeza, aunque no podía olvidar dónde estaban.
El ritmo constante de los pasos en el pasillo, el chirrido de las ruedas, el clic de las puertas al abrirse y el murmullo sordo de las voces se colaban a través de las delgadas paredes del hospital.
Cada sonido le hacía dar un vuelco al corazón, y sus músculos se tensaban como si fuera a ser sorprendida haciendo algo que no debía.
La voz de Waylon retumbó sobre ella, tranquila pero burlona. «Relájate. Estás más tensa que un resorte».
Su aliento le rozó el pelo, y su calor la hizo estremecerse.
Su voz sonó grave y aguda. «Es fácil para ti decirlo. Tú no eres la que está atrapada aquí».
Intentó levantar la cabeza, con la esperanza de crear un poco de espacio entre ellos, pero Waylon chasqueó la lengua en señal de desaprobación. Su mano presionó ligeramente su espalda, empujándola justo donde estaba —solo que esta vez más cerca—. «Te dije que no te movieras. Tu castigo aún no ha terminado».
Antes de que pudiera responder, llegaron voces desde el pasillo. Una charla animada y desenfadada: enfermeras, probablemente cambiando de turno. Las palabras se oían con suficiente claridad como para hacerla quedarse paralizada.
Se le cortó la respiración y el corazón le latía con fuerza al imaginar que la puerta se abriría en cualquier momento. Sintió cómo le subía el calor a la cara. La idea de que la vieran así le hacía desear desaparecer bajo el suelo.
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