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Capítulo 845:
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La aguda insinuación en el comentario de Waylon golpeó a Alexia como una bofetada. Sintió cómo el calor le subía a la cara y estuvo a punto de lanzarle el cuenco directamente a la cabeza.
—Waylon —le lanzó una mirada fulminante, con el pulso acelerado bajo las costillas—. ¿En qué demonios estás pensando?
—En ti —respondió sin vacilar. A pesar de los moratones y los vendajes, sus ojos conservaban ese mismo ímpetu feroz que ella recordaba demasiado bien.
Ella soltó una risa amarga. «¿Así que todo esto es por mí? Entonces, ¿por qué no te casas conmigo y ya está?».
Por un segundo, él se quedó paralizado, como si la idea no se le hubiera pasado por la cabeza. Antes de que pudiera formular una respuesta, ella se encogió de hombros como si no significara nada. «No es que yo fuera a aceptar».
«Entonces, ¿con quién te casarías?». Bajó la voz, tensa por unos celos que ni siquiera se molestó en ocultar.
«No es asunto tuyo. Solo eres mi ex». Cruzó los brazos y se negó a mirarlo.
Su mirada se endureció hasta volverse punzante. «¿Ah, sí?».
Sin previo aviso, le rodeó la cintura con el brazo sano y la atrajo hacia sí.
Un grito ahogado de sorpresa se le escapó. Se inclinó hacia delante, apoyando las palmas de las manos en su pecho, y de repente ya no había espacio entre ellos.
Su calor se filtraba a través de la fina bata de hospital. Sintió el latido constante de su corazón contra sus manos: firme y seguro.
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El rubor le inundó el rostro. Lo empujó, intentando ganar aunque fuera un poco de distancia, pero su agarre la mantuvo inmovilizada.
—Suéltame. Esto es un hospital. —Su voz se redujo a un susurro áspero, aterrorizada ante la posibilidad de que alguien entrara.
En lugar de aflojar el agarre, este se hizo más firme, como si no tuviera intención alguna de dejarla marchar.
Inclinó la cabeza hacia ella, y su aliento le rozó el lado del cuello y la oreja. El tono grave de su voz le provocó una sacudida. —¿Por qué tiemblas así? ¿Intentas empeorar mi lesión?
Alexia se quedó paralizada. Un movimiento en falso y podría hacerle daño, lo que solo la enfurecía aún más. Apartó la cara. «¿Qué es lo que quieres?»
Él repitió su pregunta con lenta diversión. Sus dedos levantaron un mechón suelto de su pelo y lo enrollaron alrededor de su nudillo, jugando con él como si fuera suyo. «Quiero castigarte».
«¿Por qué ahora?» Conocía esa mirada en sus ojos. Cada vez que se le encendía esa chispa de picardía, ella acababa pagándolo.
Se inclinó hasta que sus labios casi rozaron su oreja. Su susurro vibró contra su piel. «Por decir cosas que no sientes. Por fingir que no te importa».
Su mano se detuvo un instante. Luego trazó el calor que se extendía por su mejilla, rozándole apenas la piel. Aquel suave roce le provocó un escalofrío involuntario que le recorrió la espalda. «De verdad me has llamado simplemente una ex».
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