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Capítulo 790:
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Waylon dirigió una mirada fugaz hacia Patty —fría, indescifrable—, pero no puso ninguna objeción. Su silencio bastaba como aprobación. Al instante, las demás figuras de poder sentadas a la mesa se volvieron para mirar a Patty; algunos le dirigieron un gesto de asentimiento cortés, mientras que otros la observaban con curiosidad.
Y allí estaba ella, iluminada tanto por las lámparas de araña como por el prestigio, con un lugar entre ellos que ya era innegable.
Desde el otro extremo del salón, Heath observó cada segundo de la escena.
La humillación, la envidia y el dolor de sentirse inferior lo invadieron en una sola oleada asfixiante. El tallo de su copa crujió bajo su apretada mano.
Llevaba dos décadas abriéndose camino a duras penas en el mundo del cine: creando redes de contactos, ganándose el favor de los demás, doblegándose ante quienes tenían el poder. Y, sin embargo, a pesar de todo su esfuerzo, nunca se le había ofrecido ni una sola vez un asiento en aquella mesa.
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No era solo una silla; era una validación. Un reconocimiento silencioso por parte de la élite de que uno realmente pertenecía a ese círculo.
Ahora Patty estaba sentada allí como si siempre hubiera sido su lugar —una simple recién llegada, una novata en comparación con él— disfrutando de un protagonismo que no se había ganado.
Solo porque tenía a Alexia a su lado. Y detrás de Alexia estaba Waylon Mason.
El pulso de Heath le retumbaba en los oídos mientras observaba cómo Patty se desprendía poco a poco de su timidez inicial. Al poco rato ya hablaba con aplomo, intercambiando palabras con los titanes del sector mientras Alexia se la presentaba uno por uno. Cada gesto, cada sonrisa, le parecía una daga que se clavaba cada vez más hondo en su orgullo. Ese era el círculo al que había dedicado toda su carrera tratando de abrirse paso. Y ahora solo podía quedarse allí de pie —excluido, invisible.
La vacía satisfacción que había sentido antes con aquellas campañas de desprestigio en Internet se desvaneció por completo. Nada de ese ruido parecía importar allí.
Entonces, como un cruel giro del destino, se fijó en que uno de los distribuidores internacionales de aquella mesa intercambiaba números de teléfono con Patty: el mismo distribuidor al que él había cortejado durante meses sin éxito.
Todo lo que siempre había deseado —acceso, reconocimiento, contactos— se le estaba entregando a Patty con la misma facilidad con la que había ganado el trofeo.
Era intolerable, injusto y, sobre todo, culpa de Alexia. Ella lo había traicionado por completo.
El odio se encendió en el interior de Heath: agudo, abrasador, absoluto. Ardía más que la humillación, más profundamente que la envidia.
—Heath, ¿estás bien? No tienes buen aspecto. ¿Quizá deberías descansar un poco? —le preguntó un productor cercano, al darse cuenta de su palidez.
Heath negó con la cabeza con rigidez. «Estoy bien».
Pero sus ojos decían lo contrario: distantes, vidriosos. El productor dudó, sin saber si insistir. Todo el mundo en la industria conocía el temperamento de Heath: su frágil salud, su volatilidad, su mal genio que podía estallar sin previo aviso. En el plató, era famoso por sus arrebatos, y a menudo dependía de la medicación para estabilizar su corazón.
Y cada vez que Heath decía que estaba bien, casi siempre era un
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