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Capítulo 771:
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Elton se quedó momentáneamente desconcertado. En todo el tiempo que llevaba conociendo a Bella, nunca la había visto con un cigarrillo.
Sin embargo, allí estaba ella, exhalando en silencio una voluta de humo en la noche. Había algo distante en su actitud: una compostura distante que resultaba totalmente ajena en comparación con la mujer tranquila y dócil que solía ser en su presencia.
Sin dudarlo, Elton se acercó a grandes zancadas, le quitó el cigarrillo de entre los dedos y lo aplastó contra la barandilla con un movimiento controlado. Su gesto carecía de ternura, pero transmitía esa familiar sensación de dominio que siempre le caracterizaba.
«¿Qué haces aquí fuera sola?». Su voz era baja, tranquila, pero subrayada por una seriedad poco habitual, despojada de la indiferencia con la que solía ocultar sus emociones.
Bella no se volvió hacia él. Sus ojos permanecían fijos en las luces dispersas de la ciudad a lo lejos. «Solo necesitaba un poco de aire fresco», murmuró, con un tono cuidadosamente medido, sin delatar ni irritación ni tristeza.
Elton se situó a su lado; su alta estatura proyectaba una sombra que casi engullía su pequeña figura.
El silencio se cernió entre ellos, denso y delicado. Parecía estar eligiendo sus palabras con una cautela poco habitual en él.
Nunca se le había dado bien calmar a las mujeres; siempre había recurrido a los regalos y al dinero para disimular el enfado o la decepción. Pero algo le decía que esas tácticas no funcionarían con Bella. Ella no era como las demás.
«Esa chica de antes es la nieta de una figura importante. Rendell me la presentó personalmente. Habría sido de mala educación negarme», comenzó por fin Elton, con voz serena, como si estuviera dando una explicación en lugar de una disculpa.
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Hizo una pausa y luego añadió: «Solo fue un baile», como si esperara que eso mejorara las cosas.
Los labios de Bella esbozaron una leve sonrisa, casi imperceptible.
Solo un baile.
En su mundo, todo era solo algo insignificante, nunca lo suficiente como para significar algo.
Su silencio lo inquietó. Suponiendo que ella seguía enfadada, Elton extendió instintivamente la mano para tocarle la mejilla, un gesto más habitual que tierno, como si estuviera acariciando a una mascota.
Pero Bella giró la cabeza muy ligeramente, esquivando su contacto. Por un instante, su mano quedó suspendida en el aire antes de volver al bolsillo. El ambiente entre ellos volvió a volverse pesado y silencioso.
«Bella», dijo por fin, suavizando la voz con un esfuerzo que casi parecía paciencia. «No te enfades. Te llevaré a ver la aurora boreal. Siempre has querido hacerlo, ¿verdad?»
Por fin, Bella se volvió hacia él. La familiar y dulce sonrisa volvió a aparecer en sus labios, perfectamente ensayada: tan delicada, tan convincente. «Claro», respondió en voz baja. «Estoy bien. Solo me sentí un poco mareada hace un rato, pero ya estoy mejor».
Mientras hablaba, su mano se elevó con elegancia para enderezar la solapa de su ya perfecto cuello, un gesto ensayado por la repetición —íntimo, pero vacío—. «¿Volvemos dentro? Hace frío aquí fuera».
Su compostura, tan serena y complaciente, disipó la leve inquietud que había titilado en su interior.
Elton le rodeó la cintura con un brazo y la guió de vuelta hacia las cálidas luces y el murmullo de la multitud del salón de baile. Bella se dejó llevar por su abrazo, sintiendo ese familiar peso de la posesividad envolviéndola como una cadena disfrazada de consuelo. Su sonrisa impecable nunca vaciló.
—La subasta está a punto de empezar —dijo Elton, con el brazo aún alrededor de ella—. Si algo te llama la atención, puja por ello; corre de mi cuenta. Sabía que el dinero no la conmovía, no de verdad, pero era el único lenguaje que había llegado a dominar.
Bella se limitó a asentir, y juntos entraron en la sala privada donde tendría lugar la subasta.
«A ver si hay algo que te guste», murmuró él, mientras tomaban asiento en primera fila.
Bella se sentó a su lado, serena y en silencio, con una leve sonrisa dibujada en los labios. Su expresión no delataba ningún tipo de emoción… hasta que el subastador desveló un collar de zafiros.
No era ostentoso ni llamativo. Un único zafiro azul real brillaba en el centro, engastado en una cadena fina y intrincada. Bajo la suave luz, resplandecía con una elegancia discreta: atemporal, casi melancólica en su belleza.
La mirada de Bella se demoró en él más de lo que pretendía.
Ese tono de azul le trajo un recuerdo: el de una noche de hacía mucho tiempo, cuando estaban solos los dos en el balcón. Por una vez, él había tenido tiempo de sobra y le había preparado él mismo un cóctel azul, riendo bajo las estrellas. El recuerdo era tan frágil que casi le dolía recordarlo.
Mientras Bella se dejaba llevar por el pasado, una voz melodiosa y melosa interrumpió sus pensamientos. «¡Este collar es exquisito! Quedaría perfecto con el vestido que mandé hacer a medida el mes pasado».
Era la voz de Lilianna.
Bella desvió la mirada y la vio sentada cerca de ella con un vestido lavanda, con una expresión radiante y llena de natural confianza.
Elton también la oyó. Sus ojos se posaron en Lilianna durante un breve segundo, y luego volvieron a Bella. Notó algo en su expresión: una sutil chispa de interés.
La subasta comenzó con un precio modesto. Elton levantó su paleta con desgana, con movimientos pausados y seguros. Lilianna le siguió casi al instante, con la barbilla levantada en un gesto de desafiante alegría, como si ya hubiera decidido que esa pieza sería suya.
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