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Capítulo 61:
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No me dejes sola en la oscuridad.
Eso era lo que le había dicho a la niña en la cueva. Scarlett nunca había mencionado esa frase. Scarlett siempre hablaba de cómo «lo encontró y pidió ayuda». Nunca de la conversación.
Una enorme duda se apoderó de su mente. Miró a Iris, cuyo perfil estaba iluminado por la luz de la luna. ¿Era posible? ¿Podía ser que todo lo que creía fuera erróneo? Pero no tenía pruebas, solo un eco en la oscuridad y una inquietante coincidencia.
Antes de que pudiera asimilarlo, Iris le tiró con fuerza de la mano, desesperada por tenerlo cerca. Ethan perdió el equilibrio y cayó a medias sobre el colchón, junto a ella.
Buscando instintivamente calor y seguridad, Iris se acurrucó contra su pecho y hundió el rostro en su cuello. Dejó escapar un largo y tembloroso suspiro, y su cuerpo se relajó por completo.
Ethan se quedó inmóvil, temeroso de respirar y romper aquel momento. Tenía a su mujer en sus brazos. Olía a vainilla y a lluvia. Su cuerpo encajaba contra el suyo como si hubiera sido creado para ese espacio exacto.
Una oleada de ternura lo embargó con tanta fuerza que le dolió. Deslizó el brazo por debajo de ella y la rodeó con él, abrazándola con fuerza, protegiéndola.
«No te voy a dejar», le susurró al oído. «Nunca más».
Ethan cerró los ojos. Por primera vez en años, el dolor de espalda pasó a un segundo plano. La sensación de tenerla allí, a salvo en sus brazos, era el analgésico más potente que jamás había conocido.
Dormían así, entrelazados, mientras la tormenta amainaba fuera.
A las 5:00 de la madrugada, la luz gris del amanecer se coló por las cortinas. Ethan se despertó primero.
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Encontró el rostro de Iris a pocos centímetros del suyo. Mientras dormía, sus rasgos marcados se habían suavizado. Parecía joven, inocente. Tenía los labios ligeramente entreabiertos. Una de sus piernas estaba enroscada sobre la de él, en un gesto de intimidad totalmente espontáneo.
Ethan sintió la inevitable reacción de su cuerpo. Deseo. Pero no era el deseo urgente y febril que había sentido bajo los efectos de la droga. Era más profundo, más lento, entremezclado con una necesidad abrumadora de cuidar de ella.
Intentó apartarse con cuidado para no despertarla. Al mover el brazo, la manga del camisón de Iris se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto su hombro izquierdo.
Allí, sobre su piel pálida, había una cicatriz. Una marca circular de quemadura, antigua y descolorida. Parecía… una quemadura de cigarrillo.
Ethan se quedó mirando la marca. La furia volvió, fría y letal. Wayne. Tenía que ser Wayne.
Levantó la mano y recorrió la cicatriz con la yema del dedo, con infinita delicadeza, como si pudiera borrarla con su tacto.
Iris se removió. Sus pestañas revolotearon y abrió los ojos.
Sus miradas se cruzaron. Gris contra negro.
Durante un segundo, no hubo barreras. Iris no se apartó. Ethan no ocultó su devoción. Fue un momento de conexión pura, de almas que se reconocían entre sí.
—Ethan… —susurró ella, con la voz ronca por el sueño.
Él se inclinó, a punto de besarla, a punto de decirle que estaba empezando a entenderlo todo, que tenía preguntas que necesitaba que ella le respondiera.
Entonces, el móvil de Ethan, que había dejado en el suelo, empezó a sonar con un tono estridente.
El hechizo se rompió. Iris se quedó rígida y rodó hacia el otro lado de la cama, mientras el muro de hielo volvía a levantarse de inmediato. Ethan maldijo y cogió el móvil.
La pantalla mostraba un nombre: Scarlett.
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