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Capítulo 346:
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El laboratorio de investigación de la tercera planta era el santuario de Iris. Allí, rodeada de microscopios y centrifugadoras, se sentía en control. No estaba realizando experimentos complejos; estaba sentada en un taburete alto, revisando datos en una pantalla, tratando de recuperar fuerzas tras la tensión vivida en el vestíbulo. Tenía las manos apoyadas sobre el vientre, buscando consuelo en la vida que crecía en su interior.
Las puertas del laboratorio se abrieron de un portazo.
Ethan irrumpió en la sala. No llevaba a nadie en brazos ni estaba cubierto de la sangre de otra persona. Sostenía el maldito expediente en la mano, y su expresión parecía capaz de congelar el infierno.
Iris levantó la vista y se quitó las gafas de seguridad más por costumbre que por necesidad. El corazón se le encogió al ver a su marido.
—Ethan… ¿qué haces aquí? Esta es una zona estéril.
Ethan no aminoró el paso. Se dirigió a zancadas hacia su mesa de trabajo y lanzó la carpeta sobre las muestras, derribando una rejilla de tubos de ensayo que se hicieron añicos contra el suelo.
«¡Se acabó el juego, Iris!», bramó, con su voz rebotando contra el metal y el cristal.
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El ruido llamó la atención de varios investigadores —y de Julian, que estaba trabajando en una estación cercana—. Julian se apresuró a acercarse.
—¡Ethan! ¡Estás comprometiendo el experimento! ¡Iris no puede estar bajo estrés! —gritó Julian, interponiéndose entre ellos.
Ethan se volvió hacia él con la rapidez de un depredador. Agarró a Julian por las solapas de su bata blanca y lo estrelló contra una estantería metálica.
—¡Tú! —gruñó Ethan, fuera de control—. ¡Tú eres quien ha estado destruyendo mi matrimonio!
—¡Suéltalo! —gritó Iris, levantándose con dificultad y corriendo hacia ellos. Intentó agarrar a Ethan por el brazo, pero él se zafó de ella con un movimiento brusco; no fue un golpe, pero sí lo suficientemente enérgico como para empujarla.
El movimiento brusco, el hedor penetrante de los productos químicos derramados y la tensión agobiante fueron demasiado para el cuerpo de Iris. Una violenta oleada de náuseas le subió desde el estómago.
Se tapó la boca con una mano, conteniendo las arcadas, y se inclinó hacia delante, y su rostro palideció hasta adquirir un tono verdoso enfermizo. Se apoyó en la mesa para no caerse.
Ethan soltó a Julian y la miró. Pero en sus ojos no había preocupación, solo un profundo asco nacido del malentendido.
—Mírate —espetó Ethan, señalando el expediente abierto donde se veía el resultado falsificado del análisis de ADN—. Estás mal porque te han pillado. La verdad te da náuseas.
—Ethan, no es lo que piensas… —jadeó Julian, arreglándose la chaqueta—. Iris no se encuentra bien… es el embarazo…
—¡Cállate! —espetó Ethan—. No te atrevas a hablar de su embarazo. Sé de quién es».
Ethan se volvió hacia Iris, que luchaba por respirar, y su decepción parecía odio.
«Ni siquiera tienes la decencia de negarlo en mi cara», arremetió Ethan, con cada palabra como un latigazo. «Has estado jugando a la familia feliz con él mientras dormías en mi cama. Eres un monstruo, Iris. Fría, calculadora, despiadada».
Iris quería gritar. Quería decir: «¡Es tu bebé! ¡Es tu bebé el que me está haciendo enfermar! ¡Esas pruebas son falsas!». Pero las palabras se le atascaron en la garganta, bloqueadas por la conmoción y la bilis. El dolor de ver a Ethan creer una mentira tan obvia la paralizó. Su silencio —provocado por el malestar físico— se convirtió en su sentencia.
Ethan cogió el expediente como si fuera la única verdad en la sala.
«Voy a destruir este laboratorio», dijo con voz gélida. «Voy a retirar hasta el último dólar de financiación. Y tú, Julian, prepárate para una demanda que acabará con tu carrera para siempre».
Se dio la vuelta y salió a zancadas del laboratorio, dejando a su paso una estela de devastación.
Iris se quedó apoyada contra la mesa, temblando. Julian se acercó a ella de inmediato para sostenerla.
—Iris, respira. Tenemos que sentarte.
—Él se lo cree… —susurró Iris, con lágrimas de impotencia llenándole los ojos—. De verdad cree que le he engañado.
—Es una trampa, Iris. Alguien ha falsificado esos documentos. Tenemos que demostrarlo.
«No me escuchará. Está cegado por la rabia». Iris se llevó una mano al vientre. «Tengo que proteger a mi bebé. Si piensa que el niño no es suyo… podría hacer algo peligroso».
Chloe entró corriendo en el laboratorio, alertada por los gritos. Llevaba su maletín de abogada y tenía una expresión de alarma.
«Dios mío. ¿Estás bien? Le vi salir furioso…»
Iris se enderezó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. En un instante recuperó la dignidad de «W», aunque por dentro se estuviera desmoronando.
«Estoy bien», mintió Iris, con una voz como cristal roto: firme, pero entrecortada. «Chloe, necesito que consigas las grabaciones de todas las cámaras de seguridad de esta planta. Y Julian, conserva las muestras. No voy a dejar que nos intimide».
«Iris, estás pálida. Vámonos a casa», insistió Chloe.
«No». La mirada de Iris se desvió hacia la puerta por la que Ethan había desaparecido. «No voy a huir. Si quiere guerra, tendrá guerra. Pero según mis condiciones».
Sus dedos rozaron su vientre, aún plano, un gesto demasiado sutil como para que nadie más lo notara.
«Solo te tengo a ti», se susurró a sí misma, y en ese momento su prioridad cambió. Ya no luchaba por su matrimonio. Luchaba por sobrevivir a la tormenta que Ethan acababa de desatar.
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