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Capítulo 342:
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Ethan salió del piso de Iris cuando Julian regresó, tras un tenso y silencioso enfrentamiento. No podía quedarse. Necesitaba destruir algo.
Condujo hasta Sterling Manor, la casa que había compartido con Scarlett durante su matrimonio ficticio. El lugar estaba vacío, silencioso como una tumba. Subió las escaleras de dos en dos y se dirigió al dormitorio principal.
Se dirigió al fondo del vestidor, apartando perchas vacías. A Scarlett la habían echado hacía meses y la mayoría de sus cosas habían sido retiradas, pero Ethan sabía que aún quedaban cajas guardadas en el ático: objetos que el personal no se había atrevido a tirar sin su orden directa. Sacó de un estante alto una caja de terciopelo cubierta de polvo y la abrió. Dentro estaba el collar que le había regalado por su primer aniversario. Scarlett le había dicho que le recordaba a las «estrellas de la cueva».
Una mentira. Todo había sido una mentira.
Ethan agarró el collar y lo sacó de un tirón de la caja. Se dirigió a la chimenea del dormitorio y encendió los leños con un mechero de plata. Las llamas se avivaron, voraces y crepitantes.
Empezó a vaciar el contenido de la caja en el fuego. Fotos de boda. Cartas de amor falsas que Scarlett había escrito copiando poemas de Internet. Un pañuelo de seda olvidado en el fondo de un cajón, que apestaba a su perfume.
«Se acabó», gruñó Ethan mientras las llamas devoraban el rostro sonriente de Scarlett en una fotografía. «Aquí ya no queda nada de ti».
Sacó el móvil y llamó a Liam.
«Liam. Quiero que registren el ático y el sótano. Si hay un solo objeto —una horquilla— que haya pertenecido a Scarlett, quiero que lo quemen. Donad todo lo que se pueda usar a una organización benéfica, pero no quiero volver a verlo. Pintad las paredes. Borrad todo rastro de que ella haya vivido aquí alguna vez».
—Sí, señor. ¿Y el señor Thorne? —preguntó Liam—. Sus abogados han enviado esta mañana los papeles del divorcio.
Ethan se quedó mirando fijamente el fuego, con el rostro iluminado por las llamas anaranjadas. Ya no había confusión en sus ojos, solo determinación.
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«No voy a firmar nada», dijo Ethan con voz gélida. «Iris es mi mujer. Ese bebé es mi hijo. Voy a luchar. Julian Thorne puede quedarse con su gratitud, pero yo tengo su historia. Y voy a reclamar lo que me corresponde, aunque tenga que arrastrarme sobre cristales rotos para conseguirlo».
Colgó el teléfono y se sentó solo ante el fuego, planeando su siguiente movimiento. La guerra contra los enemigos externos había terminado; Evelyn y Scarlett se habían ido. Ahora comenzaba la guerra más dura de todas: la guerra por el corazón de la mujer a la que había congelado con sus propias manos.
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