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Capítulo 295:
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«¡Dejadlo ir!», gritó Lily.
Tercera planta. Cuarta planta. El sudor comenzó a correr por la espalda de Connor, mezclándose con el polvo gris de cemento que le cubría la piel y convirtiéndola en una pasta abrasiva.
Llegó a la décima planta. Dejó caer la bolsa. Volvió corriendo hacia abajo.
Segunda bolsa. Tercera bolsa.
Al llegar a la cuarta bolsa, el ritmo de Connor empezó a ralentizarse. Le ardían los pulmones como si se hubiera tragado cristales. Le temblaban violentamente las piernas con cada paso.
Dylan dejó de reírse. El silencio se apoderó del grupo. La tenacidad de Connor era algo que no entendían. Daba miedo.
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Planta 6. Connor tropezó, pero se recuperó.
Lily ya no gritaba. Lloraba en silencio; cada paso que daba Connor resonaba en su pecho como un golpe físico. Podía sentir su dolor.
Bolsa 9. Quedaba una. Le faltaban quinientos dólares para salvar la vida de su madre.
Connor bajó tambaleándose. Tenía la vista borrosa. La sangre le manchaba el hombro, donde la áspera arpillera le había arañado la piel hasta dejarla en carne viva.
Agarró la décima bolsa.
Dylan, al ver que su intento de humillación se convertía en una demostración de fuerza heroica, dio discretamente una patada a un cubo de agua estancada cerca del borde de la escalera del séptimo piso. El agua se derramó en cascada, empapando los lisos peldaños de hormigón.
Connor llegó al séptimo piso. Pisó el charco.
Su bota resbaló.
Cayó de rodillas con cincuenta kilos sobre el hombro. El sonido de su rodilla al golpear el hormigón fue un crujido seco y espantoso. La bolsa se estrelló contra su hombro lesionado, inmovilizándolo contra el suelo.
«¡Ahhh!», el grito de Connor rasgó el aire.
Se quedó allí de rodillas, jadeando, con la cabeza gacha. La sangre se extendía por la rodilla de sus pantalones.
—Se acabó —dijo Dylan, sonriendo de nuevo, con su frágil ego restablecido—. Ha perdido.
Lily cerró los ojos y rezó.
Pero entonces Connor se movió.
Lanzó un rugido animal, primitivo y crudo. Apoyó ambas manos en el suelo. Los músculos de su espalda se tensaron, sobresaliendo bajo su piel sucia. Se obligó a levantarse, temblando como una hoja en una tormenta.
Volvió a levantar la bolsa.
Un paso. Luego otro. Ahora cojeaba mucho. Dejaba rastros de sangre y agua a su paso.
Llegó a la octava planta. Luego a la novena.
Llegó a la décima planta. Dejó caer la última bolsa.
Connor se derrumbó en el suelo junto a la pila, agotado, mirando al cielo a través del tejado sin terminar. Lo había conseguido.
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