✨ Martes y viernes nuevos capítulos y estrenos
💬 Únete a la comunidad en WhatsApp & Telegram!
Si te está gustando la lectura, me ayudarías mucho compartiendo la web 🌟
Capítulo 235:
🍙 🍙 🍙 🍙 🍙
La oscuridad en la habitación 104 era casi absoluta, una densa negrura que solo se rompía cuando un relámpago rasgaba el cielo, iluminando brevemente las siluetas de los muebles baratos como fantasmas en una vieja fotografía. El trueno seguía segundos después, una profunda vibración que hacía temblar los cristales de las ventanas y el suelo bajo sus pies.
Ethan estaba sentado en la silla de madera con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas estiradas de forma incómoda. Su cuello ya protestaba por el rígido respaldo. No podía dormir. Sus sentidos estaban en alerta máxima, atentos a cada sonido de la diminuta habitación: el zumbido de la vieja nevera, el goteo constante de un grifo en el baño y, sobre todo, la respiración de las dos mujeres en la cama.
Iris y Lily estaban acurrucadas juntas bajo las pesadas mantas, compartiendo el calor de sus cuerpos. El calefactor portátil que Iris había conseguido con valentía zumbaba, pero la humedad de la tormenta seguía filtrándose a través de las paredes mal aisladas.
De repente, un sonido diferente rompió el ritmo de la noche. Un sollozo ahogado.
Ethan se tensó y giró la cabeza hacia la cama.
Era Lily. Incluso dormida —o en ese estado liminal entre el sueño y la vigilia— estaba llorando.
«Shhh…», la voz de Iris era apenas audible, suave como el terciopelo. «Ya se ha acabado, pequeña. Estás a salvo».
𝖣e𝘴𝗰𝘂𝗯𝗿𝗲 𝘫oyа𝘴 о𝘤𝘂𝗅𝘵𝖺ѕ 𝖾𝘯 𝗻o𝘃𝘦𝗹а𝘀4f𝖺ո.𝖼о𝘮
Iris se movió, rodeando a Lily con un brazo y acariciándole el pelo húmedo con movimientos lentos y rítmicos.
«Le odio, Iris», susurró Lily, con la voz quebrada por las lágrimas. «Odio a Dylan. Odio la forma en que me miraba… como si fuera un monstruo. Y luego… la forma en que me tocó. Me sentí sucia».
Ethan apretó los puños en la oscuridad. Sus uñas se clavaron en las palmas de las manos. La furia que sentía hacia Dylan Sharp era fría y calculada. Como hombre, como autoproclamado protector, sentía el fracaso ardiendo en su estómago. Había dejado que eso ocurriera ante sus propias narices.
«Él es el monstruo, Lily», respondió Iris. Su tono no denotaba piedad alguna, solo una certeza implacable. «Tú eres luz. Él no es más que una estúpida polilla que se quemó porque no sabía cómo lidiar con tu resplandor».
«Ojalá fuera tan valiente como tú», dijo Lily, sorbiéndose la nariz. «Tú te enfrentaste a él. Lo tiraste al suelo. No le tienes miedo a nada».
Iris soltó una risa breve y sin humor que sonó extrañamente triste en la oscuridad.
«La valentía no es más que miedo disfrazado, Lily. Miedo a perder el control. Miedo a que te vuelvan a hacer daño. Aprendes a golpear primero para que nadie te golpee a ti. No es valentía. Es supervivencia».
Ethan sintió un dolor agudo en el pecho. Supervivencia. Esa palabra no dejaba de volver. Pensó en sus años de matrimonio, en cómo Iris siempre había sido callada, sumisa. ¿Acaso eso también había sido supervivencia? ¿Esconderse a plena vista para que su indiferencia no le hiciera daño?
Lily por fin se calmó; su respiración se hizo más profunda y regular mientras se sumía en un sueño agotado.
Volvió el silencio, pero esta vez estaba cargado de tensión.
Ethan observó la silueta de Iris. Se movía con cuidado para no despertar a Lily, tratando de encontrar una posición cómoda en el borde del colchón. Entonces se detuvo. Más que verla, intuyó la mueca de dolor.
Iris se llevó una mano a la pierna derecha, frotándose el muslo justo por encima de la rodilla con un movimiento circular y compulsivo.
Ethan frunció el ceño. Recordaba vagamente un informe médico que había ojeado mientras investigaba el pasado de Iris, un expediente hospitalario de cuando tenía dieciséis años. Fractura conminuta de fémur. Traumatismo grave. La lluvia y la humedad debían de estar reavivando el viejo dolor en el hueso.
Sin pensarlo, Ethan se levantó de la silla. Le crujieron las articulaciones. Se acercó en silencio a la chaqueta que colgaba del respaldo y rebuscó en los bolsillos interiores. Sus dedos rozaron el plástico frío de un kit de emergencia que siempre llevaba en sus viajes de esquí y excursiones: calentadores químicos instantáneos para las manos.
Abrió el sobre de un tirón, activando la reacción química. La pequeña bolsita comenzó a irradiar calor en sus manos.
.
.
.