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Capítulo 129:
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Ethan bajó la ventanilla.
—Buenas noches, agente.
—Señor Kensington —dijo el agente, reconociéndolo a él y, probablemente, al coche de medio millón de dólares—. Lo siento. Vimos el vehículo aparcado en una zona oscura y pensamos que podría tratarse de una emergencia.
—Todo va bien —dijo Ethan, recuperando en un instante esa calma sociópata propia de un director ejecutivo—. Solo… una discusión conyugal. Mi mujer y yo estábamos a punto de irnos.
El agente miró a Iris. Ella asintió, con el rostro impenetrable. No quería un espectáculo policial.
«Conduzca con cuidado».
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El coche patrulla se alejó.
Ethan volvió a subir la ventanilla. El silencio regresó, pero ahora era diferente. La tensión sexual se había disipado, dejando espacio para una verdad incómoda.
«Llévame a casa, Ethan», dijo Iris, mirando por la ventanilla. «Estoy harta de juegos».
Ethan arrancó el coche. Condujo de vuelta hacia el norte con cuidado, como si transportara algo precioso. No intentó volver a tocarla, pero la conexión entre ellos en aquel pequeño espacio era innegable. Habían cruzado una línea de fuego y habían sobrevivido.
El coche se detuvo frente a un edificio de apartamentos anónimo en una calle tranquila. No era el campus. Era la dirección que sus investigadores privados le habían dado horas antes. Iris lo miró sorprendida.
«Sabes dónde vivo», dijo ella, tensa.
«Sé dónde vives, dónde compras y con quién hablas», admitió Ethan. «No voy a fingir que no te protejo».
«Gracias por no secuestrarme para siempre», dijo Iris, abriendo la puerta.
—Iris —dijo Ethan.
Ella se volvió. Él la miraba con una intensidad que le hacía flaquear las rodillas.
—No me voy —dijo él—. Tenía un viaje a Tokio programado para mañana, pero lo he cancelado. No voy a dejarte sola con los buitres.
—No necesito que me cuides, Ethan.
«Lo sé. Pero quiero hacerlo».
Iris salió del coche y se dirigió hacia el edificio sin mirar atrás. No hubo besos. Ni promesas. Solo una frágil tregua.
Dos días después, Ethan paseaba por el barrio de las joyerías de la ciudad. No había ido a Tokio, pero necesitaba hacer algo. Pasó por delante de una joyería de lujo extremo.
En el escaparate, sobre un busto de terciopelo negro, había un collar. Era una delicada cadena de platino que sostenía un rubí «sangre de paloma» de un tamaño desmesurado. La piedra roja resplandecía con un fuego interior: arrogante, preciosa, peligrosa.
«Se parece a ella», pensó Ethan. «Se parece a Iris cuando está enfadada».
Entró en la tienda.
—Quiero ese —dijo, señalando el collar.
—Cuesta dos millones de dólares, señor —respondió el dependiente con reverencia.
—Ya lo llevo puesto —bromeó Ethan, sacando su tarjeta negra—. Envuélvalo.
Esa tarde, Ethan condujo hasta el piso seguro. Esperó a Iris fuera, en la acera.
La vio llegar de la tienda de comestibles, cargada de bolsas.
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