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Capítulo 249:
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Damon dudó.
Pensó en el informe del francotirador. Pensó en el sicario de Julian, esperando un tiro certero. Pensó en la junta directiva, dispuesta a destituirlo si las acciones bajaban otro punto. Si la anunciaba ahora, le pondría en la espalda una diana diez veces más grande. La «ruptura» con los Vanderbilt tenía que ser estratégica, o las repercusiones destruirían la capacidad de la empresa para pagar su protección.
—No puedo —dijo en voz baja. Las palabras sabían a ceniza—. Todavía no. Es demasiado peligroso.
Vesper lo miró fijamente. No vio el miedo en sus ojos. Solo vio la vacilación. Vio a un hombre que se avergonzaba de ella. Un hombre dispuesto a usar su cuerpo para curar su enfermedad en la oscuridad, pero que no le cogía la mano a la luz del día.
—Peligroso —repitió ella—. « «¿Quieres decir que es peligroso para tu fusión? Peligroso para el precio de tus acciones».
«Vesper, no. Es peligroso para ti».
«No te creo», dijo ella.
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Cogió su bolso de la silla. Ignoró la caja de regalo de terciopelo que había sobre el escritorio.
«Hemos terminado, Damon. Búscate otra pastilla».
Pasó junto a él.
Damon extendió la mano. Fue un instinto. La agarró del brazo.
«Vesper, espera…»
Ella bajó la mirada hacia la mano de él sobre su brazo. Su expresión era de puro asco.
«Suéltame», susurró.
El rechazo le quemaba. Le quemaba más que la sobrecarga sensorial. Era un rechazo a su alma.
Sus dedos se abrieron. La soltó.
Vesper salió por la puerta. No miró atrás. No la dio de un portazo. Simplemente se marchó.
Damon se quedó solo en el centro de su despacho, rodeado de los papeles médicos esparcidos. El silencio que siguió fue absoluto.
La conciencia de la pérdida le golpeó como un puñetazo en el estómago.
Retrocedió tambaleándose y se apoyó en el escritorio para no caer.
Su mirada se posó en la caja de terciopelo que ella había dejado.
Extendió la mano y la abrió.
El broche vintage de zafiro brillaba bajo las luces del despacho. Era de buen gusto. Era majestuoso. Era exactamente lo que le encantaría a su madre.
Lo había hecho. A pesar de que sospechaba de él, le había traído el regalo. Había intentado ayudarle.
Un rugido de odio hacia sí mismo se acumuló en su pecho.
Damon agarró la caja y la lanzó al otro lado de la habitación. Se estrelló contra la pared, y las costosas joyas rodaron por el suelo, perdidas entre las historias clínicas.
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