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Capítulo 1050:
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El calor era abrasador.
Los bomberos rociaban espuma sobre los restos del accidente, gritando órdenes en medio del caos.
Vesper llegó al perímetro justo cuando sacaban un cuerpo del Porsche.
Damon. Su traje estaba carbonizado, el casco agrietado. Estaba inerte.
«¡Damon!». Intentó abrirse paso entre los bomberos.
«¡Atrás! ¡No se acerquen!».
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Lo tumbaron sobre la hierba. Un médico le arrancó el casco.
Damon tosió, expulsando hollín negro de sus pulmones. Estaba vivo.
Abrió los ojos, con la mirada turbia y desenfocada. Encontró a Vesper.
«Vesper…»
Luego sacaron a Julian.
Julian no se movía. Tenía las piernas atrapadas bajo el metal retorcido del salpicadero. Tardaron diez minutos en liberarlo.
Cuando por fin lo tumbaron en la camilla, tenía las piernas dobladas en ángulos antinaturales.
Damon se incorporó a duras penas, gimiendo, y apartó a los médicos de un empujón. Miró a Julian.
Julian giró la cabeza. Tenía la cara ensangrentada, pero esbozó una sonrisa débil y torcida.
«He ganado», jadeó.
Damon lo miró fijamente. Miró al hombre al que había odiado, al hombre al que había intentado destruir… al hombre que acababa de sacrificar sus piernas para salvarle la vida a Damon.
Miró a Vesper. Estaba arrodillada entre ellos, sosteniendo la mano de Julian, pero tenía los ojos clavados en Damon. Estaban llenos de lágrimas.
«Se ha acabado», sollozó. «Por favor. Deja que esto se acabe de una vez».
Damon miró los restos en llamas de su coche. Miró la obsesión que lo había llevado a la locura.
Miró el moratón que se desvanecía en la muñeca de Vesper: el fantasma de la cinta roja.
Sus dedos encontraron el anillo de zafiro en su bolsillo.
Lo sacó.
Se arrastró hacia ellos. El esfuerzo le costó todo. Se derrumbó junto a la camilla de Julian, se apoyó en el suelo y tomó la mano de Vesper. Le colocó el anillo en la palma.
«Vete», susurró Damon.
Vesper se quedó inmóvil. «¿Qué?».
«Vete con él», dijo Damon. Se le quebró la voz. «Él me salvó. Le debo una vida. Coge la tuya».
«Damon…».
«Vete, Vesper. Antes de que cambie de opinión. Antes de que te vuelva a encerrar». Cerró los ojos. Las lágrimas trazaban pálidos surcos a través del hollín de su rostro.
«Te libero».
Vesper lo miró. Vio al niño que la había llevado en brazos cuando se rompió el brazo. Vio al monstruo que la había encerrado. Y vio al hombre que, por fin, rompía dolorosamente el ciclo.
Le apretó la mano una vez.
Un adiós.
Luego se puso en pie y caminó junto a la camilla de Julian mientras los médicos la guiaban hacia la ambulancia.
No miró atrás.
Damon yacía en la hierba y observaba cómo las luces de la ambulancia se desvanecían en la distancia.
Empezó a llover, lavándole la sangre y el hollín de la cara en lentos y silenciosos riachuelos.
Estaba solo. Estaba destrozado. Pero, por primera vez en su vida, el silencio en su cabeza no gritaba.
Simplemente reinaba la quietud.
Apretó el puño contra la hierba.
«Adiós, Vesper».
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