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Capítulo 42:
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«No te hagas la zorra», se burló el hombre, apretándole la muñeca con más fuerza.
De repente, la luz de neón del letrero de cerveza que tenían encima quedó oculta. Una sombra se cernió sobre la mesa, grande y envolvente.
El hombre levantó la vista. Abrió mucho los ojos.
Damon Sterling estaba allí de pie. Llevaba una gabardina larga sobre el traje, con el aspecto de un príncipe oscuro que se había equivocado de camino hacia el infierno. No miró al hombre. Miró a Vesper.
Estaba sonrojada. Tenía el cuello manchado. Le estaban saliendo ronchas en la clavícula.
—Suéltala —dijo Damon. Su voz era grave, apenas audible por encima de la máquina de discos, pero tenía un tono de violencia que hizo que a Vesper se le erizara el vello de los brazos.
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El hombre vaciló. —¿Quién demonios eres?
Damon no respondió. Extendió la mano y agarró al hombre por el hombro. Apretó. No fue un simple agarre; fue una llave en un punto de presión calculada para paralizar.
El hombre gritó, con el rostro contorsionado por el dolor. Soltó a Vesper al instante y salió a trompicones de la cabina, retrocediendo con las manos en alto.
Damon centró su atención en Vesper. Vio cómo se extendía la urticaria. Vio la mirada vidriosa de sus ojos.
—Estás teniendo una reacción —afirmó. No era una pregunta—. ¿Contaminación cruzada?
—Camarero… —jadeó Vesper, rascándose el cuello—. Vete. Ve a contar tu dinero.
Damon la ignoró. La cogió en brazos. Un brazo bajo sus rodillas, el otro detrás de su espalda. La levantó como si no pesara nada.
—¡Bájame! —protestó Vesper, golpeándole débilmente en el pecho. Su puño produjo un ruido sordo al chocar contra su músculo firme.
Damon la sacó del bar, abriendo la puerta de una patada. Un todoterreno negro estaba con el motor en marcha junto a la acera, pareciendo una nave espacial en aquella lúgubre calle.
Scott abrió la puerta trasera, con el rostro marcado por la preocupación. «¿Señor? ¿El hospital?».
Damon colocó a Vesper en el asiento de cuero y se subió a su lado. Le agarró las manos, impidiéndole arañarse la piel hasta dejarla en carne viva.
«Nada de hospital», dijo Damon, mientras la mampara de privacidad se deslizaba hacia arriba. «Demasiadas cámaras. Llévanos al ático. Llama al doctor Hoffman. Dile que es una reacción alérgica de Código Azul».
Vesper se desplomó contra la puerta, con la cabeza dando vueltas. El cuero fresco le sentaba bien sobre la piel ardiente. Miró a Damon. Él le sujetaba las muñecas, con la mandíbula tan apretada que un músculo se le tensaba en la mejilla.
«¿Por qué estás aquí?», susurró ella, con la voz ronca. «Me alejé».
Damon la miró. Sus ojos eran pozos oscuros e indescifrables.
«Te marchaste. Pero nunca dije que dejara de vigilarte».
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