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Capítulo 1696:
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«Cariño, volver a ver tu rostro me llena de alegría. Pero tu padre…»
Las palabras se le murieron en los labios. El dolor largamente reprimido estalló como una presa rota, y las lágrimas cayeron libremente por sus mejillas. Durante años había enterrado su angustia, y solo ahora, en este momento sagrado de reencuentro, esas cadenas finalmente se rompieron.
Katelyn no hizo ningún intento por contener la marea de dolor de su madre. Simplemente la abrazó, dejando que el dolor fluyera sin obstáculos, mientras su propio corazón se endurecía con una resolución silenciosa y venenosa.
Cuando Olivia por fin se quedó dormida, agotada por el llanto, los rasgos de Katelyn se convirtieron en una máscara gélida. El artífice de su sufrimiento pagaría con nada menos que sangre.
Tras una última mirada a la figura dormida de su madre, se dio la vuelta y salió de la habitación.
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Algo trascendental estaba a punto de suceder en Yata.
Vincent acababa de regresar tras resolver la situación en el Valle de las Mariposas cuando le llegó la llamada frenética de Jaxen.
«Vincent… Katelyn ha traspasado las puertas del palacio».
Dentro del palacio, Katelyn empuñó la daga ornamentada y la clavó con salvaje precisión en el pecho del rey.
Su rostro se contorsionó con incredulidad mientras la miraba fijamente. «Tú… ¿no se suponía que estabas muerta? ¿Por qué…?»
A medida que su fuerza vital se desvanecía, el terror inundó sus ojos. Nunca había previsto que su fin llegara tan rápido, ni a manos de Katelyn.
Ella retiró la hoja manchada de sangre, y su mirada se cristalizó en algo frío y absoluto. «¿Te dice algo el nombre de Olivia?»
Esas simples palabras hicieron que los ojos del rey se dilatarán con un reconocimiento horrorizado. ¿Cómo podría olvidar jamás ese nombre, especialmente cuando la había condenado a languidecer en las sombras durante tantos años?
—¡Tú!
—Sí —dijo Katelyn—. Soy su hija.
La comprensión brilló en sus ojos moribundos.
Las puertas se abrieron de golpe. La mirada de Ryanna se posó alternativamente en la daga ensangrentada que Katelyn sostenía en la mano y en su padre, desplomado en un charco carmesí que se extendía por el suelo.
Se abalanzó hacia delante. —¡Katelyn, asesina!
—¿Quieres ser reina? —la interrumpió Katelyn, con voz mesurada y sin prisas—. El momento no podría ser más perfecto.
El rey jadeó, extendiendo una mano desesperadamente hacia su hija. —Ryanna… ayúdame. Arresta a esta asesina. Arréstala…
La súplica consumió su último aliento. Sin embargo, Ryanna permaneció inmóvil, sin hacer ningún gesto para llamar a los guardias.
Una amarga comprensión se hizo presente en los ojos apagados del rey. La incredulidad le contorsionó los rasgos: su propia hija lo vería morir sin mover un dedo.
Katelyn se fijó en la calculada inmovilidad de Ryanna. Se acercó, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia suave y pausada. «No te obligaré a jurarme lealtad. Pero recuerda: si consigo derribarlo, tú no supondrás ningún desafío».
Las palabras flotaron en el aire, engañosamente tranquilas y absolutamente letales.
Ryanna la miró fijamente a los ojos y respondió con fría compostura: «No te preocupes».
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