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Capítulo 157:
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Damon se movió con una fluidez que contradecía su corpulencia. En un instante estaba junto a la puerta y, al siguiente, ya estaba frente a ella. No la agarró con brusquedad —sabía que aún se estaba recuperando—, pero sus manos sobre su cintura eran firmes, ineludibles.
La levantó sin esfuerzo y la dejó sobre el borde del escritorio de caoba.
Los papeles se deslizaron. Un portátil se estrelló contra el suelo. Vesper jadeó, agarrándose a sus hombros.
«¡Damon! ¡Mi portátil!».
—Olvídate del portátil —gruñó él.
Se colocó entre sus piernas, separándole las rodillas con sus muslos. Presionó sus caderas con firmeza contra las de ella, frotándose hacia delante para que no hubiera el más mínimo malentendido sobre sus intenciones.
—¿Te parece que estoy intentando deshacerme de ti? —le susurró al oído, con el aliento ardiente.
A Vesper le ardía tanto la cara que pensó que podría entrar en combustión espontánea. —No —chilló.
—¿Te parece que pienso que eres un «lastre»? —preguntó él, mordiéndole la sensible nuca.
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Vesper arqueó la espalda involuntariamente y un gemido se le escapó de los labios. —No.
Las manos de Damon recorrieron su cuerpo, poseyéndola. No era delicado, pero tampoco violento. Era preciso. Estaba demostrando algo. Estaba borrando el insulto con fricción y calor.
«Oíste un fragmento de una conversación sobre un astillero en quiebra y decidiste que me había aburrido de ti», murmuró, acercando los labios al lóbulo de su oreja. «Eso fue un error, Vesper. Yo no descarto lo que es mío. Y tú eres muy mía».
«¡Intentaba demostrarte que soy fuerte!», protestó ella sin aliento.
Damon se apartó ligeramente para mirarla. Tenía los ojos dilatados, salvajes. «No necesito que seas fuerte ahora mismo. Necesito que estés aquí. Lo único “suave” que tienes es tu piel».
Entonces la besó, un beso profundo y posesivo que barrió cualquier pensamiento residual de liquidación. Las manos de Vesper se enredaron en su pelo, atrayéndolo hacia ella. Ella sintió su poder descarnado, la tensión que se enroscaba en sus músculos. Él la deseaba. Podría tomarla allí mismo, sobre el escritorio, en medio de los papeles destrozados.
Y, por un instante, ella quiso que lo hiciera.
Pero Damon se detuvo.
Se apartó, con la respiración entrecortada. Apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos. Estaba temblando.
«Si te tomo ahora —dijo con voz ronca—, es solo para demostrar algo. Y tú te mereces algo mejor que ser un argumento que demostrar».
Dio un paso atrás, arreglándose la ropa con movimientos frustrados y espasmódicos.
«¿Has aprendido la lección?», preguntó, con la voz aún ronca.
Vesper se deslizó del escritorio, con las piernas como gelatina. «He aprendido la lección».
Se alisó la falda, tratando de recuperar la compostura. Miró el portátil que yacía en el suelo.
—Aún necesito el dinero —dijo ella, con voz débil—. Para… eso.
Damon la miró. La adrenalina aún le corría por las venas. Se dirigió a su caja fuerte, situada detrás del cuadro.
Tecleó el código. Sacó un fajo de billetes. Cinco fajos de diez mil. Los dejó caer sobre el escritorio.
—Tómalo —dijo.
Vesper se quedó mirando el dinero. —¿Así sin más?
Damon miró el desorden del suelo. La miró a ella, sonrojada y desaliñada por su culpa.
—Considéralo un anticipo —dijo.
«¿Para qué?»
«Por los derechos exclusivos sobre tus inseguridades», dijo. «La próxima vez que tengas una teoría sobre mis intenciones, pide primero que te lo demuestre».
Vesper cogió el dinero. Se lo metió en el bolso.
«Gracias», dijo.
Salió corriendo de la oficina.
Damon la vio marcharse. Miró los papeles esparcidos. Miró la abolladura en la moqueta donde había caído el portátil.
Sonrió.
Era la primera vez que sonreía de verdad en tres años.
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