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Capítulo 2419:
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Mientras la oscuridad lo envolvía, el último pensamiento de Eric perduró. «Hadley, si este es realmente mi final, ¿vendrás a despedirte de mí por última vez?».
En el aeropuerto de Srixby.
La camilla chirriaba contra el suelo pulido mientras rodaba hacia la salida VIP. Eric yacía inmóvil, con los ojos cerrados. Los médicos, las enfermeras, Phillips y varios guardaespaldas se movían a su lado en completo silencio. Sus rápidos pasos resonaban con fuerza en el pasillo.
De vuelta en Velacca, en el momento en que Eric perdió el conocimiento, Phillips no perdió tiempo. Llamó a la asistencia médica de emergencia local y coordinó estrechamente con el equipo de Srixby. Un jet privado había trasladado a Eric sin demora.
Justo a la salida de la terminal, Ferris apareció con el equipo médico de Srixby, corriendo para encontrarse con el grupo.
«¡Muévanse!», gritó Ferris, levantando el brazo y haciendo un gesto para que avanzaran.
«¡Entendido!». Sin perder un segundo, el equipo tomó el control y subió a Eric a la ambulancia, que se dirigió a toda velocidad al hospital.
Antes incluso de que se iniciara el traslado, el hospital ya había preparado todo lo necesario para la intervención.
Al llegar, el personal médico no perdió tiempo. Eric fue trasladado directamente al quirófano.
«Hemos tenido tiempo suficiente para prepararnos, señor Scott. Todo está listo. Lo daremos todo», le dijo un médico a Ferris antes de desaparecer en el quirófano.
Aun así, nadie podía prometer cuál sería el resultado final. Podrían surgir complicaciones sin previo aviso. Cualquier cosa podía pasar tras esas puertas.
«Entiendo», dijo Ferris con un lento movimiento de cabeza. Su voz era tranquila, pero su expresión delataba el peso de sus pensamientos. «Si mi hijo sale vivo y bien, la familia Scott no olvidará sus esfuerzos…».
Siguieron unos momentos de silencio. Su voz se volvió más fría. «Pero si no es así… ninguno de ustedes volverá a tocar un bisturí».
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La advertencia cayó como un jarro de agua fría. Los médicos se miraron entre sí, inseguros, pero en silencio.
—Dejo a mi hijo en sus manos —añadió Ferris con una ligera inclinación de cabeza—. Por favor, cuídenlo.
Era la única baza que le quedaba a Ferris: un último intento de proteger a Eric, de asegurarse de que todos supieran lo que estaba en juego.
Sin decir palabra, los cirujanos comenzaron a entrar. Las puertas de acero se cerraron tras ellos con un lento y definitivo golpe sordo.
—¡Doctor, le está subiendo la tensión! ¡La sistólica acaba de alcanzar los doscientos!».
«¡Administren nitroglicerina en su sistema. Ahora mismo!».
«¡Ya está!».
Otra voz presa del pánico resonó.
Un grito rompió la tensión.
Entonces, en una repentina explosión, la sangre brotó a la vista. La herida había estallado en una hemorragia grave.
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