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Capítulo 2418:
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En un último acto de desesperación, se desabrochó el cuello de la camisa y sacó un cordón que llevaba alrededor del cuello. De él colgaba un silbato con forma de hueso de melocotón. Se lo llevó a los labios y sopló.
Una nota aguda y clara atravesó el aire.
Los hombros de Hadley temblaron y su corazón dio un vuelco. Era el silbato que ella le había regalado una vez con amor.
En un suspiro de silencio, finalmente se volvió hacia él.
A través de la multitud, vio a Eric, retenido por los guardias de seguridad, forcejeando y gritando: «¡Hadley! ¡Vuelve! ¡Dondequiera que vayas, te seguiré!». Él sabía que tenían que estar juntos. Simplemente tenían que estarlo.
Hadley lo miró, muy consciente de que un solo paso hacia él los atraparía en una danza interminable de dolor eterno. Armándose de valor, sacudió la cabeza y dijo en voz baja: «Vuelve, Eric».
Con eso, dio media vuelta y huyó al interior del avión.
Eric se quedó clavado en el sitio, invadido por la incredulidad al verla desaparecer de su vista. Se había ido, se había ido de verdad. A pesar de verlo allí de pie, suplicándole que se quedara, ella había decidido marcharse.
Una repentina oleada de calor le subió a la cabeza, como si su corazón lo hubiera traicionado.
¡No! Una agonía punzante, como un taladro implacable, le atravesó el cráneo.
—¡Señor! ¿Está bien?
—¡Sr. Scott! —Phillips se apresuró a volver, sujetándolo justo cuando se tambaleaba—. Acabo de enterarme…
—Ya basta —dijo Eric con voz ronca, agarrando el brazo de Phillips y sacudiendo la cabeza con esfuerzo—. Se ha ido… se ha ido.
Phillips se quedó horrorizado, sin saber qué decir. Antes de que pudiera indagar más, Eric apretó su agarre y su cuerpo comenzó a temblar.
—¡Sr. Scott!
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—Phillips… —La voz de Eric era apenas un susurro, pero transmitía una determinación inquebrantable. «Dile a Hadley… asegúrate de que lo sepa…».
Phillips se quedó paralizado, comprendiendo la intención de Eric. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras asentía fervientemente. «¡Lo haré!».
Luego se volvió hacia los guardaespaldas, con voz aguda. «¡Deprisa! ¡Traed el coche! ¡Llamad al hospital! ¡Avisad al señor Ferris Scott!».
«¡Sí, señor!».
La visión de Eric se nubló y el mundo se sumió en el caos. El dolor en su cabeza era insoportable, como si su cráneo fuera a romperse. Cerró los ojos.
No podía aceptarlo. Después de más de una década, ¿era este realmente el final? Sin siquiera despedirse, Hadley lo había dejado de lado, dejando su historia inconclusa.
Mientras se derrumbaba, Eric se aferró al brazo de Phillips, desesperado por expresar un último pensamiento.
Las palabras de Phillips salieron a borbotones. «¡Sr. Scott, descanse tranquilo! ¡Traeré de vuelta a Hadley! Ella volverá, ¡debe hacerlo!».
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