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Capítulo 1551:
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Linda terminó de leer y su expresión se ensombreció por la confusión y la curiosidad. No podía entender todos los detalles, pero era suficiente para adivinar que Ayla había causado problemas entre Eric y Hadley.
La nota rezumaba desesperación. Ayla parecía acorralada, como si no tuviera a nadie a quien recurrir.
Si Ayla había escrito esto, solo podía significar una cosa: Hadley era la única persona en la que Eric confiaba y la única que podía ayudarla.
«Hmm…», Linda sonrió levemente. Dobló la carta, dispuesta a guardarla. Pero entonces se detuvo.
Sin decir nada, la volvió a doblar, esta vez más pequeña, y la guardó en su bolso.
Volvió a colocar la bolsa de monedas en la caja, cerró la tapa y la devolvió a la mesa redonda.
Luego se dio la vuelta.
En la puerta, unos pasos resonaron en el pasillo. A continuación se oyó la voz de una criada, cálida y precisa. «Bienvenida, señorita Pearson. La señorita Harris la espera en la sala de estar».
—De acuerdo. Gracias.
Unos instantes después, Hadley entró.
Estaba radiante.
Linda siempre había sabido que Hadley era hermosa, especialmente desde su regreso a Srixby hacía un año.
Pero ahora, esa belleza se había transformado en algo más tranquilo. Sereno.
Intocable.
Linda sonrió levemente, con un tono entre burlón y amargo. —Realmente estás cada día más guapa.
—¿Hmm?
Hadley arqueó una ceja. —¿Has venido hasta aquí solo para halagarme?
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—¿Cómo no iba a hacerlo? —La voz de Linda se volvió aguda—. Tienes un hombre que te adora. La vida debe de ser buena. Es una pena…
«¿Una pena?».
Un escalofrío recorrió la espalda de Hadley.
La sonrisa de Linda se desvaneció. «Eric lo sabe», dijo en voz baja.
¿Qué quería decir? ¿Qué sabía él?
Las palabras de Linda eran vagas y Hadley no logró comprender su significado al principio. Se quedó callada, esperando.
Entonces Linda se enderezó y entrecerró los ojos. Se inclinó hacia delante y miró fijamente a Hadley, pronunciando cada palabra despacio y con deliberación. «Me refiero a esos cuatro años que pasaste en Blathe, cuando no recibiste ni un solo centavo para gastos. No me digas que lo has olvidado».
Hadley se quedó paralizada. Sus miembros se bloquearon y se le cortó la respiración. Aquella vieja sensación de frío volvió a recorrerla como una helada.
Pero en el momento en que Linda lo dijo, algo en ella se rompió.
Nunca, jamás, había imaginado que Linda se lo diría directamente a la cara.
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