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Capítulo 72:
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«Los asuntos internos requieren confianza, padre. Tú no tienes la mía». Di un paso atrás, poniendo una distancia deliberada entre mí y su toxicidad. «Ya he dejado de jugar. Tienes tres días».
Joseph parpadeó. «¿Tres días?».
«Tres días para devolverlo todo. Los diamantes, los bonos, las escrituras de propiedad… hasta el último artículo de la lista de mi madre». Dejé que mi mirada se desviara hacia el cuello de Amelia, y luego volví a Joseph. «Si no…»
Hice una pausa, dejando que el peso de la amenaza tácita llenara la habitación. El aire se volvió denso, cargado de ese tipo particular de violencia que gobernaba nuestro mundo.
«Si no», continué en voz baja, «mi marido, Don Moreno, vendrá a recogerlo él mismo. Y te aseguro que se llevará bastante más de lo que se debe».
Joseph palideció. El nombre Moreno no era solo un nombre: era una sentencia de muerte. En la jerarquía de la organización, mi padre era un Capo, un capitán respetado. ¿Pero Damien? Damien era el monstruo al que temían los demás monstruos.
«No lo harías», susurró Joseph, con el horror reflejado en sus ojos. «¿Traerías a un forastero —un Don de otro territorio— contra tu propia sangre? Una hija no amenaza a su padre. ¡Traes la vergüenza al apellido Carlson!
—El honor se gana, padre —dije, con voz firme a pesar de la adrenalina que corría por mis venas—. Un capo que roba a su propia familia no tiene honor que reclamar. ¿Hablas de vergüenza? Mírate al espejo.
Joseph dio un puñetazo en la mesa, haciendo vibrar la vajilla. —¡Era necesario! ¡El negocio se está desangrando! ¡Necesitaba liquidez para mantener un techo sobre las cabezas de tu hermano y tu hermana —para pagar el debut de Amelia, la matrícula de Thomas!». Extendió las manos, su expresión torciéndose en algo patético, un mendigo con traje de seda. «Ahora eres una reina de la mafia, Isabella. Tienes millones a tu disposición. Considera la dote de tu madre una contribución. Un impuesto para la familia que te crió. Déjalo pasar».
La audacia de sus palabras me dejó sin aliento. Ya no negaba el robo, lo estaba justificando. Me pedía que subvencionara su propia incompetencia con el legado de mi madre.
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Empecé a aplaudir. Un aplauso lento, rítmico, burlón.
«Una actuación verdaderamente conmovedora, padre», dije, deteniéndome al llegar a la puerta. Me volví para mirarlos: un cuadro de codicia y decadencia. «Pero la dote de una mujer, el legado de su madre, le pertenece solo a ella. No es el fondo para gastos discrecionales de la familia. Tú no eres un Don que protege a su gente. Eres un ladrón que ha robado a su propia hija».
«¡Isabella!», rugió, dando un paso hacia mí.
No me inmuté. Simplemente le dirigí la mirada que había aprendido de Damien: aquella que prometía violencia sin necesidad de decirlo en voz alta.
«Tres días, Joseph», dije, dejando de lado por completo el título de «padre». «Tic-tac».
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