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Capítulo 402:
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«¿Arrepentimiento?». Se me escapó una risa suave e incrédula. Alcé las manos y le rodeé el rostro con ambas, sosteniendo su mirada. «Damien, mírame».
Lo hizo.
«Doy gracias a Dios cada día por la cobardía de Alexzander», dije con firmeza. «Su debilidad fue mi salvación. No quería un niño, Damien. Quería un rey. Y lo encontré».
Algo se quebró en su expresión. La tensión se desvaneció de sus hombros y, por un instante, vislumbré al hombre solitario que se escondía bajo la corona.
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«No cambiaría esto por nada», susurré, acariciándole la mejilla. «Ni por todo el mundo».
Damien no dijo nada. Simplemente hundió el rostro en el hueco de mi cuello, apretándome con fuerza entre sus brazos hasta que quedé completamente envuelta en su calor. Me abrazó como si yo fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra.
«Mia Regina», murmuró contra mi piel; unas palabras que eran un voto más vinculante que cualquier anillo de boda.
Cerré los ojos y escuché el latido firme y potente de su corazón contra el mío. Fuera de estas paredes, la Mafia de Chicago era un mundo de sangre y traición. Pero aquí, en los brazos del monstruo al que todos temían, nunca me había sentido más segura.
Punto de vista de Isabella Moreno
El recuerdo de los labios de Damien contra los míos aún ardía como una marca: un calor secreto que llevaba conmigo por los pasillos llenos de corrientes de aire de la finca de los Moreno. Habían pasado tres días desde la boda de Sophia, tres días en los que el aire entre mi marido y yo había pasado de una tensión gélida a algo denso, eléctrico y aterradoramente real.
Pero hoy, el santuario privado de nuestro dormitorio había sido sustituido por la grandiosidad asfixiante del salón principal.
—Ya están aquí —anunció Sofía Moreno, la reina viuda. Se sentó entronizada en un sillón de terciopelo con orejeras, con la espalda tan recta como una bayoneta.
Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par y Dante Rossi —el heredero de los Rossi— entró con paso firme. Era apuesto, de una forma aguda y depredadora, y su traje a medida anunciaba dinero antiguo y sangre nueva. A su lado, Sofía parecía una princesa en todo momento con un vestido de seda azul pálido.
—Don Moreno —saludó Dante, con una voz que denotaba una seguridad que rayaba en la insolencia. No se limitó a abrazar a Sophia: le agarró la cintura, con los dedos presionando la seda de una forma que se asemejaba mucho más a una correa que a un abrazo.
—Dante —respondió Damien, con una voz grave y peligrosa. Se encontraba junto a la chimenea, el centro indiscutible en torno al cual giraba este mundo oscuro.
Sophia sonrió. Era una máscara magistral: brillante, ensayada y completamente vacía. Pero cuando se inclinó para besar la mejilla de su madre, Elena, lo vi. La gruesa capa de polvos no lograba ocultar del todo las sombras cetrinas bajo sus ojos, y cuando la mano de Dante se apretó contra su cadera, ella no se inclinó hacia él. Se quedó de piedra.
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