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Capítulo 362:
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«Está loco, Bella», había dicho Chiara, poniendo los ojos en blanco. «No sabe cómo pedir una cita. Simplemente me bombardea con regalos, aparece dondequiera que esté y mira con malicia a cualquiera que me hable. Es como si intentara conquistarme en lugar de cortejarme».
Mi corazón dio un vuelco y luego empezó a latir con fuerza contra mis costillas.
Giré la cabeza lentamente para mirar a Damien. Estaba comprobando algo en su teléfono, su perfil se recortaba nítido e implacable en la penumbra. Parecía una estatua esculpida a partir de la guerra y la violencia.
Pero el broche. Los cannoli. La protección. La juerga de compras.
No hacía esas cosas por obligación. No intentaba compensarme por el matrimonio concertado ni simplemente comprar mi tolerancia.
Me está cortejando.
La revelación me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Damien Moreno, el Don Oscuro de Chicago, no sabía escribir poesía ni ofrecer flores con una sonrisa tierna. Hablaba el lenguaje del poder. Ofrecía protección como afecto y esgrimía su riqueza como un arma contundente para asegurarse de que tuviera todo lo que pudiera desear, incluso antes de que se me ocurriera pedirlo.
Estaba intentando, a su manera retorcida y posesiva, hacerme feliz.
—¿Qué pasa? —preguntó Damien, sintiendo mi mirada. Bloqueó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo, centrándose por completo en mí.
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Tragué saliva; de repente se me secó la garganta. El miedo que solía sentir cuando me miraba había desaparecido, sustituido por una sensación de mariposas en el pecho que se asemejaba peligrosamente a la esperanza.
—Nada —susurré, aunque el pulso me latía a toda velocidad—. Solo… gracias. Por esta noche.
Damien me estudió por un momento, entrecerrando ligeramente los ojos como si intentara descifrar un código. Luego extendió la mano y tomó la mía, entrelazando nuestros dedos. Su agarre era firme, anclándome a él.
—Eres mi esposa, Isabella —dijo simplemente, como si eso lo explicara todo. Como si ese título por sí solo valiera la pena quemar el mundo.
Bajé la mirada hacia nuestras manos entrelazadas. Él no sabía que lo había calado. No sabía que su armadura tenía una grieta y que yo acababa de ver al hombre que había debajo.
Y, Dios me ayude, quería ver más.
Punto de vista de Isabella Moreno
El todoterreno blindado crujió sobre la grava del camino de entrada, y ese sonido marcó el final de una noche que había desplazado las placas tectónicas de mi realidad. El silencio dentro del coche ya no era el vacío asfixiante que solía ser. Era denso, sí, pero con la densidad de una nube de tormenta cargada de lluvia, o tal vez de promesas.
Cuando el vehículo se detuvo suavemente ante la residencia principal, esperé instintivamente. Normalmente, un soldado o un colaborador se materializaba desde las sombras para abrir la puerta al Don y a su esposa. Era el protocolo. Era la jerarquía.
Pero la puerta de mi lado se abrió con un clic antes de que nadie pudiera llegar a ella.
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