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Capítulo 1218:
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Una sombra cayó a su lado. No había notado a Caspian moverse, pero ahí estaba, parado junto a ella, con la voz baja y perfectamente inexpresiva. «Tiene razón. Efecto Tyndall. Ustedes dos no tienen remedio.»
Kailey y Kyson se miraron, los dos arqueando las cejas.
Felicity fingió no haber escuchado nada. Con cara de que le daba completamente igual, se movió como sin querer a otro lugar, aunque el simple hecho de haberse movido decía lo contrario.
La montaña era alta y el camino subía serpenteando por sus laderas como una culebra larga. Pasando la mitad, el camino se volvía de terracería y estaba mal cuidado, así que muy poca gente llegaba tan lejos.
Desde la orilla del claro alcanzaban a ver la ciudad extendida allá abajo y las montañas estirándose todavía más a lo lejos.
Sopló una brisa que levantó con suavidad los mechones junto a la oreja de Felicity. Antes tenía el cabello chino, pero se lo había alaciado hacía mucho. Hoy, con el rostro sin maquillaje, era como si los años se hubieran doblado de golpe sobre sí mismos.
La primera vez que la vio. Ese vuelco repentino e indefenso en el pecho.
La nuez de Adán de Caspian subió y bajó. Su mirada se oscureció, volviéndose intensa.
Al notar el cambio en el ambiente, Kailey y Kyson acordaron en silencio darles espacio. Se fueron alejando hacia donde jugaba Candy y dejaron a los dos parados en la orilla del mirador.
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Bajo el toldo, Aleena ya había servido la comida. Hasta había traído una parrilla portátil y un asador; estaba planeando una carne asada completa en la cima de la montaña.
«¡Kyson!», gritó Sawyer desde el campamento. «¡Ven a ayudarme a prender esta fogata!»
Kyson respondió que ya iba y empezó a levantarse. Candy de inmediato intentó ir tras él a gatas, pero Kailey la levantó antes de que llegara lejos.
«Quietecita ahí. Nada más vas a estorbar.»
«¡Ah-ah-ah!» ¡Suéltame!
Kailey le sostuvo la mirada a su hija, con una advertencia clara en la voz. «¿Alguien por ahí va a ponerse latosa? Mira allá, ¿ves al abuelo? Él se va a encargar de ti si no te portas bien.»
«Ni se te ocurra hacerme el malo del cuento», contestó Sawyer sin perder un segundo. «Yo no le entro.»
Ryan estaba recargado con pereza en su silla de ruedas. Kailey no sabía si era su imaginación, pero hoy se veía inusualmente animado, casi sin toser.
«Tío Ryan…» Hizo un puchero. «Se supone que jugamos al policía bueno y al policía malo. Si no le tiene aunque sea tantito miedo a alguien, ¿cómo va a aprender?»
«¿Por qué tendría que tenerle miedo a nadie?»
Ryan dio una palmada y Candy abandonó a su madre de inmediato, corriendo hacia él como si acabara de encontrar a su aliado supremo. Se zafó del agarre de Kailey y se acercó tambaleándose con sus piernitas inseguras. «¡Buelo Ry, ola!»
Quería decir: Hola, abuelo Ryan.
Kailey solo la miró, sin palabras. Al ver a los dos aliándose en su contra, soltó una risa de exasperación y se dejó caer en una silla cercana. «A mí definitivamente nunca me hablaste así cuando era chiquita.»
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