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Capítulo 172:
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¡No tenía nada!
Ni parejas, ni escaleras, ni colores, solo cinco cartas sin relación alguna entre sí.
Su mano era pésima, del tipo que la mayoría de los jugadores habría descartado sin dudarlo.
La gente esperaba ver algo extraordinario, una mano digna de una apuesta tan arriesgada. En cambio, se encontraron con una sorprendente realidad: había hecho un farol.
Jacob se sonrojó de ira y vergüenza.
—¡Serpiente! ¿Me has engañado?
Maldita sea, la había engañado por completo.
Estaba tan seguro de que Yelena tenía una gran mano, pero su compostura lo había desconcertado, obligándolo a retirarse.
Yelena volvió la mirada hacia él, con expresión tranquila y despreocupada. «Una apuesta es una apuesta», dijo con frialdad, con un ligero tono de diversión en la voz. «Además, no te obligué a nada. Tú decidiste retirarte».
—Pero ¿por qué te retiraste antes cuando tenías una buena mano, para luego apostarlo todo con esta basura? —preguntó él, con voz teñida de incredulidad.
¿Qué clase de persona tenía la audacia de jugar así? La fortaleza mental que requería lo desconcertaba.
Los labios de Yelena se curvaron en una leve y enigmática sonrisa. —Bueno, ¿no lo sabes? El juego consiste en arriesgarse. ¡Eso es lo realmente divertido!
Yelena le dijo esas palabras a Jacob con una calma tranquila, con voz firme y mesurada.
Creía que un verdadero jugador sabía cuándo arriesgarse y, lo que era más importante, cómo manejar una pérdida sin perder la calma. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tenía ser cauteloso si no se podía disfrutar de la emoción?
—Tú… Humph, pequeña granuja. No creo que ganes la próxima ronda —espetó Jacob, perdiendo la compostura y pareciendo dispuesto a tirarlo todo, con la ira hirviendo en su interior.
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Yelena no tenía ganas de seguir complaciéndolo, pero al fijarse en las fichas que aún tenía delante, se dio cuenta de que no estaría satisfecho hasta perderlo todo.
Así que, con un ligero movimiento de cabeza, respondió: «Esperemos y veamos».
Esta sería la última ronda, la que lo decidiría todo.
La mirada de Jacob ardía de furia, como si fuera a saltar sobre la mesa y devorarla. Pero Yelena permaneció imperturbable, con el rostro tan impasible como un espejo.
Algunos espectadores, sintiendo la tensión y compadeciéndose de Yelena, susurraron: «Deberías coger tus ganancias y marcharte. No tientes a la suerte».
«Sí, si sigues así, podrías acabar perdiendo todo lo que tienes», añadió otro.
«Confía en mí, Jacob no es ningún novato, está invicto en este juego. No te metas con él».
Intercambiaron miradas cómplices, pero en el fondo lo entendían: aunque Yelena quisiera marcharse con sus ganancias, no sería tan fácil.
Jacob no dejaba escapar a nadie que cayera en sus garras.
Cualquiera que se atreviera a apostar contra él tenía que perderlo todo antes de poder escapar de su control.
Solo los novatos, que desconocían la reputación de Jacob, se arriesgaban. Y Yelena parecía ser una de ellos.
Un suspiro colectivo y silencioso recorrió la multitud. «Pobre chica», pensaron. «Atrapada en la red de Jacob, no le será fácil salir ahora».
No pudieron evitar desearle suerte a Yelena, esperando que no acabara perdiendo demasiado.
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