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Capítulo 995:
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Charlee se puso de pie y acortó la distancia entre ellos con pasos lentos y deliberados.
«Por tu ciudad natal, te refieres a Zamdon, ¿verdad? Durante tres años, Fenton te buscó y no encontró nada. La única explicación es que alguien te estaba escondiendo. Y ahora, han decidido dejarte reaparecer para despistarnos. Supongo que los que están detrás de ti nunca esperaban que yo descubriera tantas pistas por mi cuenta».
A Covington se le heló la sangre.
Todo su cuerpo temblaba mientras miraba a Charlee como si fuera algo inhumano.
—¡Eso es imposible! No puedes saber todo eso. —Su voz temblaba de miedo mientras hablaba.
Pero Charlee ya había llegado a su conclusión.
Alguien había mantenido a Covington escondido todos estos años.
Miró la hora y sintió que se le agotaba la paciencia.
Lo miró de arriba abajo, con un tono sutilmente amenazador. —Si no empiezas a hablar, no me culpes por lo que pase después. ¿Empezamos por los dedos de las manos o por los de los pies?
—¡No! ¡No te atreverías!
Aunque Covington estaba aterrorizado, de alguna manera logró mantener un poco de compostura.
Después de todo, ¿qué podía hacerle una mujer?
Charlee leyó sus pensamientos con la misma facilidad con la que se lee un libro abierto.
Reclinándose en su silla, lo miró con una sonrisa leve, casi burlona.
—¿Qué? ¿No me crees? He estado dirigiendo el Grupo Harris yo sola durante los últimos tres años. ¿De verdad creías que no tenía algunos ases en la manga?
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Marc sintió un pinchazo en el pecho.
Así que ella había estado cargando con todo el peso durante todo este tiempo.
Covington seguía sin levantar la cabeza, y mucho menos hablar.
—No admitirás la verdad hasta que no te quede ningún lugar al que huir, ¿verdad? —preguntó Charlee con voz cargada de desdén.
Luego, sin dudarlo, se volvió hacia Mooney y le lanzó una mirada significativa. —¡Derríbalo!
Mooney no necesitó más instrucciones.
Dando un paso adelante, encogió los hombros y se crujió los nudillos.
El rostro de Covington se puso mortalmente pálido.
Nunca, ni en sus peores pesadillas, había imaginado que ella fuera a hacerlo.
Covington finalmente se derrumbó, su compostura se hizo añicos como un cristal frágil.
—¡Fue Slater! ¡Fue Slater quien me ordenó hacerlo!
En el momento en que la confesión salió de sus labios, todo su cuerpo se tensó. Su rostro adquirió un tono púrpura alarmante y, sin previo aviso, comenzó a convulsionar violentamente.
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