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Capítulo 939:
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Intentó mantener la compostura, pero su voz delató su creciente pánico.
La sonrisa de Philip se convirtió en algo peligroso mientras la estudiaba, con los labios temblando de diversión.
«Bettina, no te hagas la tímida», dijo, con un tono entre humorístico y amenazador. «Sé que salvaste a Marc. Y sé que quieres todo lo que tiene la familia Harris. Pero, ¿te has parado a pensar en el precio que tendrás que pagar por ello?».
El corazón de Bettina latía con fuerza y no podía reprimir el temblor que sacudía su cuerpo.
—¿Qué… qué quieres?
La mirada de Philip se volvió calculadora, casi codiciosa, mientras daba un paso hacia ella y bajaba la voz hasta convertirla en un susurro.
—No quiero nada, Bettina. Lo que quiero es cooperar contigo.
—¿Cooperar? —Bettina se quedó atónita, sin comprender del todo el alcance de su oferta.
—Sí, cooperar. Puedo ayudarte a recuperar a Marc y a quitarle todo lo que tiene la familia Harris.
Pero a cambio…».
Dejó la frase en el aire, con el significado tácito flotando como una nube oscura entre ellos.
Se le revolvió el estómago y su rostro se contorsionó con repugnancia al darse cuenta de lo que estaba insinuando.
«¡En tus sueños!», escupió Bettina, apretando los dientes, con evidente disgusto.
La expresión de Philip se endureció y su sonrisa se desvaneció, dejando al descubierto una máscara de fría determinación. —Bettina, no lo olvides: tengo algo contra ti. Sé cosas sobre ti que nadie más sabe. —Bajó la voz, que se volvió gélida—. Si me rechazas, me aseguraré de que te arrepientas.
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Bettina apretó los puños a los lados, con la mente acelerada.
Sus planes eran delicados; no podía permitirse que nada saliera mal ahora.
—Está bien… Acepto.
La sonrisa de Philip volvió, pero ya no era cálida. Era la sonrisa de alguien que acababa de asegurarse la victoria, la sonrisa de un hombre que sabía que había ganado.
La mano de Philip se movió suavemente, sus dedos rozaron la mejilla de Bettina como un susurro en el viento. Su voz era baja, casi tierna. «Bettina, así está mejor. Vamos, vamos a comer algo juntos». Sin esperar respuesta, le pasó el brazo por los hombros y la guió hacia su coche.
El cuerpo de Bettina se tensó. Se movía como una marioneta, impotente bajo el control de Philip.
El coche se alejó de la clínica, mezclándose con el río de tráfico hasta desaparecer de la vista.
Unos instantes después, un elegante coche deportivo rojo se detuvo frente a la clínica. Charlee salió del coche y sus tacones resonaron con fuerza contra el pavimento. Echó un vistazo al letrero de la clínica y entró sin dudar. Cada uno de sus pasos irradiaba determinación. Su maquillaje, impecable, casi regio, enmarcaba unos ojos que ardían con determinación mientras se fijaban en la enfermera de la recepción.
—¿Dónde está el doctor Braxton? —La voz de Charlee atravesó la sala como una navaja.
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