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Capítulo 940:
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La enfermera se estremeció ante la imponente presencia de Charlee.
Levantó la mirada nerviosamente y balbuceó: «Ya se ha ido».
«¿Se ha ido?», preguntó Charlee frunciendo el ceño. «¿A qué hora se ha ido? ¿A quién ha visto hoy?».
La enfermera, visiblemente nerviosa, se esforzó por dar una respuesta. «No estoy segura. Necesita una cita para ver al Dr. Braxton».
«¿Una cita?» Charlee soltó una risa breve y amarga, lo suficientemente aguda como para cortar la tensión en el aire. No tenía paciencia para los trámites burocráticos. «Apártese».
La enfermera apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que Charlee la empujara, con la determinación reflejada en sus ojos.
—¡Eh! ¡No puede entrar ahí! —La enfermera se puso en pie rápidamente, tratando de bloquearle el paso—. Por favor, señorita, ¡esta es una clínica privada! ¡No puede entrar así!
Charlee ni siquiera le dirigió una mirada.
Solo tenía un pensamiento en la cabeza: tenía que poner fin al plan que Bettina y Andrew estaban tramando.
—¡Llama a los guardias! —gritó la enfermera, desesperada al darse cuenta de que no podía detener a Charlee por sí sola.
Pero, para su sorpresa, los guardias, que deberían haber acudido corriendo, permanecieron inmóviles, como si no hubieran oído su súplica.
Uno de ellos incluso le dirigió a Charlee un sutil gesto de reconocimiento. La enfermera se quedó sin aliento. Solo entonces comprendió la inquietante verdad: no eran guardias de seguridad de la clínica.
Eran guardaespaldas, colocados allí por Mooney, el siempre eficiente asistente de Charlee, para vigilar de cerca lo que ocurría en la clínica.
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Charlee miró a la enfermera atónita, con frialdad y desdén, antes de seguir adelante.
El pasillo se extendía ante ella, con un silencio denso y pesado. Solo el ritmo nítido y deliberado de los tacones de Charlee rompía la quietud, y cada paso resonaba como un presagio de confrontación.
Su pulso se aceleró y una sensación de aprensión le oprimía el pecho.
Una voz envejecida pero autoritaria surgió de las sombras al final del pasillo.
—Señora Sullivan, ya es suficiente.
Charlee se detuvo y dirigió la mirada hacia el origen del sonido. En la puerta, bañado por una luz tenue, se encontraba un anciano de cabello canoso y gafas con montura dorada, cuya presencia era tranquila pero imponente.
Andrew Braxton.
Lo reconoció al instante. No era solo un psicólogo, sino un maestro en la manipulación de la mente. Un experto en hipnosis de renombre mundial, famoso por sus controvertidas técnicas: los rumores sobre sus habilidades afirmaban que podía borrar recuerdos, manipular pensamientos y reprogramar la percepción con nada más que una sugerencia bien colocada.
Charlee sintió un nudo en el estómago.
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