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Capítulo 935:
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Levantó la vista hacia Marc, con el corazón latiendo a toda velocidad, como un tambor errático en su pecho.
Por un momento, el tiempo se rebobinó. Se sintió como si hubiera vuelto al pasado, cuando el tacto de Marc era una promesa de consuelo, cuando su mirada no contenía más que amor.
Pero eso era entonces… y esto era ahora. Todo era diferente.
—Marc… —susurró su nombre, con la voz cargada de emociones incontenibles.
—¿Hmm? —Él levantó los ojos hacia ella.
—No hables. Descansa —la interrumpió suavemente, con una voz que era un bálsamo para sus nervios destrozados.
Sus manos se movían con aún más cuidado, aliviando su dolor poco a poco. Charlee cerró los ojos. Una lágrima se escapó, luego otra, hasta que fluyeron libremente.
Su corazón se retorció dolorosamente, cada latido era una punzada aguda que le robaba el aliento. No era solo el dolor físico lo que le oprimía el pecho, era el peso de todo lo que no se habían dicho.
No podía dejarlo ir. Todavía no.
Había amado a Marc durante tantos años, ¿cómo podía simplemente dejarlo ahora?
Por un momento, el tiempo pareció deshacerse. El mundo exterior se difuminó y se desvaneció hasta que solo quedaron ellos dos, suspendidos en un tranquilo y frágil consuelo.
Después de lo que pareció una eternidad, Charlee abrió lentamente los ojos. Su voz era apenas un susurro. —Yo…
Las manos de Marc se detuvieron.
La miró, con una mirada cálida e inquisitiva. —¿Te sientes mejor?
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Charlee asintió con la cabeza y luego la negó.
Le dolía menos el tobillo, pero el corazón le latía aún más fuerte. Quería decir algo, cualquier cosa, pero un timbre agudo e insistente rompió el silencio entre ellos.
Era su teléfono. Sonaba dentro de la casa, implacable e implacable.
—Debería volver —murmuró Charlee, tratando de levantarse. Marc la detuvo suavemente, poniendo una mano sobre su hombro.
—No te muevas. Yo voy —dijo con voz baja y firme. Se puso de pie y desapareció en la casa sin decir nada más. Charlee lo observó alejarse, con el corazón en un lío de emociones. Él todavía se preocupaba por ella, eso estaba claro. Pero ¿cuánto duraría su preocupación?
La verdad le amargaba el pecho. Ahora había una brecha entre ellos, un cañón excavado por el desamor y los errores, demasiado ancho para poder salvarlo jamás.
El pensamiento la atravesó, fresco e implacable.
—Toma —dijo Marc con voz suave mientras le entregaba el teléfono. Charlee lo cogió con las manos ligeramente temblorosas. Bajó la mirada hacia la pantalla. Varias llamadas perdidas de Mooney.
Se le hizo un nudo en el estómago. Respiró lenta y profundamente para calmarse y volvió a marcar.
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