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Capítulo 930:
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Girando sobre sus talones, salió apresuradamente de la mansión de la familia Harris. No se percató de la mirada profunda y vigilante que la observaba desde una ventana del segundo piso.
Marc permanecía inmóvil, con una mano metida en el bolsillo y la otra agarrando una pequeña caja de terciopelo. En su interior, un anillo roto descansaba sobre el forro oscuro. Por alguna razón, solo con mirarlo, sintió que se le oprimía el pecho con un dolor desconocido. La sensación lo inquietó.
—Señor Harris, la señora Amaya Harris lo busca.
La voz profunda y mesurada de Arnold rompió el pesado silencio, con un tono deferente. Se detuvo en la puerta, haciendo una ligera reverencia, y su mirada se posó, solo por un instante, en la caja de terciopelo que Marc sostenía en la mano y en el anillo roto que había dentro.
Marc volvió a la realidad, cerrando instintivamente los dedos alrededor de la caja antes de guardarla en el bolsillo. Levantó la cabeza y se encontró con la mirada de Arnold, cuya expresión era indescifrable. Su voz se mantuvo firme y serena. —Entendido.
Cuando Marc entró en la habitación de Amaya, un ligero aroma a sándalo flotaba en el aire. Cada detalle de la decoración tradicional de la habitación desprendía un aire de tranquila dignidad. Amaya descansaba recostada contra la cama, con los ojos cerrados.
El sonido de unos pasos que se acercaban la despertó y, lentamente, abrió los ojos. Su mirada aguda se posó en él con silenciosa curiosidad.
—Marc, has venido.
Ante su sutil gesto, Marc se acercó y se dejó caer en el borde de la cama. —Abuela.
Amaya lo estudió durante un largo momento, con la mirada fija en sus manos, que descansaban rígidas sobre las rodillas. Una leve arruga apareció entre sus cejas.
—Marc, ¿de verdad vas a seguir adelante con el divorcio?
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Silencio.
Marc no tenía respuesta. En realidad, no estaba seguro de lo que quería. Sus recuerdos habían desaparecido, borrados como una pizarra, dejándole solo con las palabras de los demás para reconstruir su propia historia. Bettina le había dicho que estaban enamorados, que habían planeado un futuro juntos. Debería haberla creído.
Pero cada vez que miraba a Charlee, esa belleza fría y enigmática, algo se removía en su interior. Algo que no podía explicar. Algo que lo inquietaba.
—Abuela…
Después de lo que pareció una eternidad, finalmente habló, con la voz teñida de una tranquila incertidumbre. —Yo… no lo sé.
Por un breve instante, la decepción brilló en los ojos de Amaya.
—Marc, un hombre debe conocer su propio corazón.
Sus dedos se curvaron ligeramente y bajó la mirada.
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