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Capítulo 840:
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Su cuerpo ardía por la fiebre.
Mientras ajustaba su agarre, sus dedos rozaron el anillo de su mano izquierda, una pieza llamativa con un diseño intrincado y un diamante que brillaba bajo la luz. Algo en él le llamó la atención.
Este anillo…
De repente, fragmentos de recuerdos afloraron.
Le pareció haber visto ese anillo antes… quizá lo había visto…
Marc se agarró la cabeza de repente y dejó escapar un gemido bajo y angustiado.
Un dolor agudo y punzante le atravesó el cráneo, como si se estuviera desgarrando. Su mente era un torbellino de imágenes borrosas y fragmentadas que lo enredaban en una confusión que no podía desentrañar.
En el caos de sus pensamientos, vio a una mujer, envuelta en un vestido de novia blanco, de pie a la luz del sol, con una sonrisa radiante que rebosaba de alegría.
¿Era Charlee?
Desesperadamente, Marc intentó concentrarse, captar las imágenes fugaces, pero cuanto más luchaba, más insoportable se volvía el dolor. Las visiones se retorcían y se difuminaban hasta quedar irreconocibles.
—¡Marc! ¿Qué te pasa?
La voz de Bettina estaba teñida de pánico mientras lo miraba conmocionada.
Nunca lo había visto así. Corrió hacia él y extendió los brazos para sostenerlo, pero él la empujó. «¡No me toques!», gritó con voz ronca y llena de agonía.
Su cuerpo comenzó a temblar violentamente.
«Marc…», dijo Bettina, pálida de miedo. Se quedó paralizada, incapaz de ayudarlo.
«¡Llamen a un médico, rápido!», gritó alguien, saliendo de su aturdimiento.
Las pocas personas que quedaban en la habitación se quedaron clavadas en el sitio, atónitas por el repentino giro de los acontecimientos.
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Sus miradas se cruzaban entre Marc, retorciéndose de dolor, y Charlee, ardiendo en fiebre en el suelo, sujeta con fuerza por Marc. La tensión en el aire era sofocante y nadie se atrevía a hacer ruido.
Varios guardaespaldas entraron corriendo, decididos a separar a Marc de Charlee. Pero él se aferraba a ella con fuerza, sin aflojar el agarre. Por mucho que lucharan, no podían separarlos.
«¡No la mováis!», la voz de Marc era poco más que un susurro forzado, pero la orden era firme.
«Señor Harris, señorita Sullivan, ella…», comenzó a decir uno de los guardias con vacilación.
«¡Fuera!», el rugido ronco de Marc sacudió la habitación.
Los guardaespaldas dudaron, mirándose entre sí, antes de retroceder, con evidente incertidumbre. Se quedaron al borde del caos, esperando ansiosos.
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