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Capítulo 1079:
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Lo único que deseaba era que se abriera el suelo y se la tragara.
—¡No te dejes engañar por su aspecto! ¡El sabor es bastante bueno! —soltó, buscando una explicación.
Para su sorpresa, Marc extendió la mano, cogió un trozo de la comida ennegrecida y se lo llevó a la boca.
Frunció ligeramente el ceño mientras masticaba, como si estuviera descifrando un rompecabezas especialmente complejo.
Charlee se quedó rígida, observando con la respiración contenida.
—Charlee, mientras lo hayas hecho tú, está delicioso. —Tragó lentamente, con la mirada cálida, llena de algo innegablemente tierno.
Ella no se lo esperaba.
Una mezcla de sorpresa y ternura se dibujó en su rostro.
Este hombre… realmente sabía cómo hacer que su corazón se acelerara con solo sus palabras. Le lanzó una mirada juguetona y acusadora antes de recoger rápidamente los platos.
—¡Han estado fuera todo el día! —resopló, medio molesta—. La criada ni siquiera ha limpiado.
—No te muevas —dijo Marc, rodeándole la muñeca con la mano y deteniéndola—. Yo lo haré.
Dejó a Kason en el suelo con suavidad y le revolvió el pelo. —Kason, ve a ver un rato la televisión. Mamá y papá recogerán. Kason asintió con entusiasmo y salió corriendo.
Marc se puso rápidamente manos a la obra y recogió la mesa con destreza. Charlee se quedó a un lado, sintiéndose incómoda mientras lo observaba.
Debería estar haciendo algo también.
Y entonces, unos brazos cálidos la rodearon de repente por la cintura. Un peso familiar se apretó contra su espalda.
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Su cuerpo se paralizó.
—Lo siento. No te enfades. —La voz de Marc era baja y denotaba una sinceridad que le hizo oprimirse el corazón—. No debí dejarte marchar aquel día. Es solo que… tenía miedo de perderte.
Podía sentir el débil ritmo de su corazón acelerarse. —He aclarado todo con Bettina —continuó él, con la voz ronca y quebrada por la emoción—. Me preocupaba que hiciera algo para hacerte daño, por eso te pedí que te fueras primero…
El calor de su abrazo se filtró en su piel, y los latidos constantes de su corazón la estabilizaron.
En ese momento, una profunda sensación de tranquilidad la invadió.
Toda la inquietud, la frustración y los rencores persistentes se desvanecieron.
Se volvió para mirarlo, con un tono más ligero. «No tienes que dar explicaciones. Nunca dudé de ti. Pero, ¿de verdad te pareció deliciosa la comida?».
El cambio de tema tan juguetón lo tomó por sorpresa.
Marc soltó un suspiro lento y se aclaró la garganta. «A partir de ahora, yo cocinaré».
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