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Capítulo 1078:
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«Señorita Sullivan, a su servicio para lo que necesite», bromeó él.
Por un momento, Charlee se quedó mirándolo, desconcertada. Así que había estado esperándola todo este tiempo.
Estaba furiosa, lista para arremeter contra él, pero al verlo así, tan descarado, casi le dieron ganas de reír.
Contrayendo los labios para no sonreír, mantuvo una expresión severa y se deslizó dentro del coche.
—Vamos a casa —dijo.
Charlee dudó un momento, con un destello de curiosidad en los ojos, y preguntó: —Pero, señor Harris, ¿su casa es la villa de las afueras o Crescent Haven? Era una trampa bien tendida.
Marc se dio cuenta al instante, sin perder el ritmo, y respondió: —¡Por supuesto que es Crescent Haven!
Su voz era firme, inquebrantable, sin dejar lugar a dudas.
Charlee asintió satisfecha, con una sonrisa triunfante en los labios.
—Muy bien, Marc, ¡vamos!
Sin demora, Marc se deslizó en el asiento del conductor y arrancó el coche. El trayecto fue tranquilo, con poca conversación, pero el ambiente entre ellos era relajado, sin tensión.
Cuando finalmente llegaron a la villa Crescent Haven, en el momento en que el coche se detuvo, una pequeña figura salió disparada como una estrella fugaz.
—¡Papá! —Incluso antes de que apareciera la pequeña silueta de Kason, su voz jubilosa resonó en la noche, llena de alegría sin filtros. Se lanzó a los brazos de Marc, que lo esperaba.
Marc lo cogió sin esfuerzo, con el rostro iluminado por la felicidad más pura.
—¿Has echado de menos a papá? —le susurró, acariciando la mejilla de Kason con afectuosa calidez.
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—¡Sí, te he echado mucho de menos! —Kason se aferró a su cuello, con su vocecita dulce como el azúcar—. Papá, ¿dónde has estado estos últimos días? Mamá ha preparado mucha comida rica, ¡pero no has venido a casa a comer!
Al oír esas palabras, el corazón de Charlee casi se detuvo.
Oh, no. ¡Se había olvidado por completo!
Esos… desastres a los que ella llamaba comidas seguían intactos sobre la mesa del comedor.
¡Qué vergüenza!
Marc dudó un instante antes de llevar a Kason hacia el comedor.
El instinto de Charlee le gritaba que interviniera, que lo detuviera, pero ya era demasiado tarde.
Marc ya los había visto. El desastre catastrófico de platos carbonizados e irreconocibles lo miraba fijamente.
Una profunda carcajada retumbó en su pecho y sus labios se curvaron en una sonrisa divertida.
Para Charlee, esa sonrisa era una auténtica pesadilla.
¡Oh, no! ¡Su dignidad estaba completamente destruida!
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