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Capítulo 1053:
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Philip estaba recostado perezosamente en el sofá, mirándola con una sonrisa de complicidad. «¿Satisfecha con el trato?».
Bettina se volvió, con voz seca y distante. —Es tarde. Deberías irte. —La firmeza de su tono no dejaba lugar a discusiones.
Philip arqueó una ceja, claramente poco impresionado por su frío rechazo.
Levantándose del sofá, se acercó y la rodeó por la cintura con los brazos, acariciándole la oreja con su aliento cálido. Su voz, suave como la seda, bajó de tono. «Marc no está aquí. ¿Por qué tanta prisa por echarme?».
Sus manos recorrieron la cintura de ella, con intenciones inconfundibles.
Bettina se tensó durante una fracción de segundo, pero no se resistió.
Su relación siempre había sido de ventaja calculada.
«No olvides nuestro acuerdo», murmuró ella, con tono frío, aunque su cuerpo delataba una sutil rendición y la tensión se disipaba ligeramente. Después de todo, Philip era innegablemente tentador.
«¿Cómo podría olvidarlo?», se rió, tocándola con más atrevimiento, rozando con los labios la curva de su cuello y dejando un rastro de besos posesivos a su paso.
Su voz se volvió ronca, casi hipnótica. «Relájate. Me aseguraré de que consigas lo que quieres, incluido Marc».
El aire entre ellos se espesó, el calor del momento aumentó. Entonces, sin previo aviso, la puerta principal de la villa se abrió de golpe, rompiendo el momento como si fuera cristal.
Bettina retrocedió, empujando a Philip como si su contacto la hubiera quemado. En un frenético impulso, se arregló la ropa desaliñada, alisando las pruebas de su momento.
Su pulso se aceleró cuando se volvió hacia la entrada, con el rostro pálido.
Marc estaba allí, con expresión impenetrable, observándolos en silencio.
¿Por qué había vuelto tan de repente?
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El pánico se apoderó de Bettina, que abrió los labios como para explicar algo.
Pero Marc no le dio la oportunidad. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y se dirigió escaleras arriba, con una indiferencia más hiriente que cualquier acusación.
La escena no había despertado en él ninguna emoción, ni siquiera un destello. Su corazón latía con fuerza mientras lo veía marcharse.
Lanzó una mirada fulminante a Philip antes de correr tras Marc.
Philip, imperturbable, se limitó a arreglarse la ropa y salió tranquilamente de la villa.
Bettina siguió a Marc al estudio.
—¡Marc, déjame explicarte! Lo que acabas de ver… ¡no es lo que piensas!
Su voz temblaba ligeramente, en una mezcla de urgencia y desesperación. —Philip… me obligó. Yo no…
Pero Marc no la escuchaba. Se dirigió directamente al escritorio, abrió un cajón y sacó una pequeña caja de terciopelo.
Dentro había un anillo de diamantes roto, cuyas facetas fracturadas aún brillaban bajo la luz.
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