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Capítulo 622:
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Delaney respiraba entrecortada y de forma irregular. Sabía que si dudaba ahora, su hijo encontraría la manera de protegerla de la verdad.
Habló sin preámbulos, con voz tensa. —Helena… ¿alguna vez has sufrido una enfermedad mental?
Helena vaciló, tomada por sorpresa.
No creía que su pasado fuera algo vergonzoso, pero le preocupaba que la verdad fuera demasiado para Delaney.
Delaney insistió, con la mirada fija y sin pestañear. —¿Por qué no me respondes? Tuviste una enfermedad mental, ¿verdad? ¿Engañaste a mi hijo para que se casara contigo?
La acusación dolió y Helena no supo qué decir.
A pesar de todo su cariño y amor por Alden, llegó a su límite.
«Alden siempre supo de mi enfermedad», declaró con firmeza. «Si no hubiera sido por su apoyo, nunca me habría recuperado».
Helena apartó con calma la mano temblorosa de Delaney de su brazo, con voz firme pero suave.
Los ojos de Delaney se llenaron de lágrimas, el peso de la revelación aplastaba su espíritu. Sacudió la cabeza, con los labios temblorosos y las lágrimas derramándose por sus mejillas. —Entonces es verdad… realmente estabas enferma mental…
Sus palabras se quebraron en un sollozo mientras se aferraba a la muñeca de Helena, con la desesperación reflejada en su agarre. —Helena, te he tratado muy mal. Sé que lo he hecho. Lo siento. Pero, por favor, por favor, deja a Den para siempre.
Helena se mantuvo firme, levantando la barbilla con tranquila determinación. —Lo siento. No puedo hacerlo. Lo amo.
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La pena de Delaney se convirtió en indignación y su voz se elevó en tono de reproche. —¿Que si le quieres? Si realmente quisieras a mi hijo, ¿cómo podrías permitir que se atara a alguien que está enfermo? Eso no es amor, es egoísta, ¡es cruel!
Helena respiró hondo lentamente y…
Helena miró a Delaney a los ojos. —Si crees que él se merece una vida fácil y sin problemas, entonces dime: ¿podrías dejarlo tú misma si eso significara su felicidad?
Delaney retrocedió tambaleándose, agarrándose el pecho, con todo el cuerpo temblando de furia y humillación.
Las palabras de Helena la habían llegado al alma: era demasiado orgullosa para admitir que ella también tenía sus propias luchas, sus propias batallas.
Sin palabras, Delaney buscó una réplica, pero no se le ocurrió ninguna. De repente, se le fue todo el color de la cara y se le doblaron las rodillas.
Helena se abalanzó hacia delante y agarró a Delaney por el brazo mientras esta se tambaleaba.
En ese preciso momento, se oyeron pasos que bajaban estrepitosamente por las escaleras: Alden, atraído por los gritos, corrió hacia ellas.
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