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Capítulo 296:
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¿Por qué lo tenía ahora Helena?
¿Y cómo sabía que la lesión se había reactivado?
Su expresión se endureció. Entrecerró los ojos y la miró con creciente frialdad.
El corazón de Helena se aceleró. Se levantó, se inclinó y se acercó a él, tratando de colocarle el dispositivo en la oreja.
Alden quiso apartarse, pero entonces sintió su aroma, ligero y familiar, y algo se le revolvió en el pecho. A pesar de su buen juicio, su cuerpo se paralizó.
Ella notó su pausa y se movió con esperanza, pero tan pronto como sus dedos rozaron su oreja, él reaccionó instintivamente: tensó los músculos y le agarró la muñeca con fuerza.
—¡Ay! —exclamó Helena.
Él aflojó el agarre, pero no la soltó del todo.
Su tono se volvió gélido mientras hablaba despacio y con claridad. —¿Dónde has encontrado esto?
—¡Me lo ha dado Leonino!
—¿Es él quien le ha hablado de mi recaída?
—¡Sí!
Aunque había conseguido lo que quería, la expresión de Alden se ensombreció aún más. La soltó sin previo aviso. Helena trastabilló por la repentina liberación y apenas pudo agarrarse al borde de la mesa.
Alden se había estado preparando para enfrentarse a ella por los juegos que debía de haber utilizado para influir en sus compañeros más cercanos, pero entonces bajó la mirada. Ella tenía la rodilla arañada y sangrando.
Todas las palabras que quería decir se desvanecieron.
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Algo en su interior quería agacharse, limpiarle la herida y preguntarle si le dolía.
Solo pensar en ello le provocó un dolor de cabeza.
No había tiempo para desentrañar ese sentimiento. Lo que importaba era que esa mujer, esa persona, ejercía una extraña influencia sobre él.
Ahora entendía por qué Dorian y Leonino habían caído bajo su hechizo.
Incluso él había empezado a bajar la guardia.
Y cada vez que eso ocurría, la culpa lo devoraba, por Nyno, por todo. Se enderezó, golpeó la mesa ligeramente con fuerza y dijo con frialdad: —Dejemos de perder el tiempo. Estamos aquí para hablar del divorcio.
La mirada de Helena se posó en su mano. El anillo, símbolo omnipresente de su compromiso, había desaparecido.
Un dolor punzante la atravesó. Levantó la cabeza y preguntó con voz temblorosa: —¿Qué está pasando realmente contigo? Nuestra relación ha ido mejorando poco a poco, ¿cómo puede acabar así?
—Tú fuiste quien mencionó el divorcio —respondió Alden con frialdad.
Helena soltó una risa suave y amarga. —Lo dije por el bien de Eleanino. Era la única forma de que nos dejara solos el tiempo suficiente para hablar contigo».
«Oh, me lo tomé en serio», dijo Alden con tono seco. «Solo estuvimos juntos por conveniencia. Terminar ahora nos libera a los dos. Si hay algo que quieras, dilo. Has hecho mucho, me aseguraré de que te compense».
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