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Capítulo 652:
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El calor abrasador le secó la piel y evaporó la humedad de su cuerpo, aflojando las cuerdas que le ataban las manos.
«¡Ah!», gruñó Stephen, tensando todos los músculos para liberar sus manos de las cuerdas.
Aunque las cuerdas le cortaban la piel, apretó los dientes y siguió adelante, arrancándolas y desgarrándose la carne por el camino. Tras soportar un dolor insoportable, Stephen finalmente se liberó de las ataduras.
Una tos seca sacudió su cuerpo mientras el dolor lo golpeaba como una ola.
A pesar de la agonía, las punzadas agudas de incomodidad lo mantuvieron atado a la realidad.
Se presionó la mano contra la boca y la nariz, luchando por mantenerse erguido mientras se dirigía hacia la puerta. Pero tan pronto como la abrió, una ola de calor abrasador lo golpeó, derribándolo con una fuerza que no pudo resistir.
Stephen se desplomó en el suelo, desorientado y mareado. El calor abrasador del suelo le provocó fuertes temblores en todo el cuerpo, haciéndole jadear de dolor.
La abrumadora sensación amenazaba con hundirlo, y su conciencia se desvanecía.
¿Era así como iba a terminar para él?
«Stephen…».
¿Era una voz?
¿O era su mente jugándole una mala pasada en sus últimos momentos?
«Stephen…».
Pero esa voz parecía acercarse y resultaba extrañamente familiar.
«¡Stephen, no te duermas!». Una cara, hermosa y llena de preocupación, apareció ante su vista, aclarando su visión borrosa.
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Los ojos de Stephen se abrieron de par en par cuando sus pensamientos dispersos se enfocaron. «¿Janice? ¿Eres tú de verdad? ¿Estoy soñando?».
«Stephen, aguanta. Voy a sacarte de aquí», dijo Janice, presionando un paño húmedo sobre su boca y nariz antes de levantarlo.
Los ojos de Stephen se agudizaron. Al borde de la muerte, nunca imaginó que Janice aparecería como un ángel, sacándolo del abismo.
Se oyó una fuerte explosión.
Una oleada de calor surgió, y las llamas bloquearon instantáneamente su salida. «Janice, gracias por salvarme. Pero deberías irte. No quiero retrasarte».
Stephen miró a la mujer que tenía a su lado, cuyo rostro brillaba con una belleza sobrenatural a la luz del fuego. Se dio cuenta de que estaba viendo la imagen más impresionante de su vida.
«¡Deja de hablar!», replicó Janice.
«¡Estoy aquí y no dejaré que mueras! ¡Ni siquiera la mismísima Muerte te llevará!».
Stephen abrió mucho los ojos. La mujer que tenía delante era feroz, pero su presencia le proporcionaba una calidez inesperada en el corazón.
No pudo evitar reírse amargamente por dentro. ¿Acaso los años de tormento por parte de Wendy le habían trastornado la mente, haciendo que encontrara consuelo en la audacia de Janice?
No…
Janice era diferente.
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