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Capítulo 653:
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Ella se preocupaba por él.
«Ahora mismo, lo único que importa es salir de aquí con vida». Dicho esto, Janice levantó a Stephen y, soportando el calor, buscó desesperadamente una salida.
Pero cada vez que encontraba una salida, llamas más fuertes les bloqueaban el paso.
De repente, un panel de una puerta salió volando a través del fuego, creando un camino para ellos. Aiden estaba al final del camino, rodeado por las llamas ardientes, pero estas parecían evitarlo, como si fuera intocable.
«¡Janice, por aquí!».
Los ojos de Janice se iluminaron y llevó rápidamente a Stephen hacia Aiden. Aiden frunció el ceño. El paso no aguantaría mucho tiempo: el fuego pronto lo reclamaría una vez que cambiara la presión del aire.
Al ver un enfriador de agua cercano, Aiden rápidamente echó su contenido para frenar el avance implacable de las llamas.
«Vamos a estar bien, Stephen». Janice se movió lentamente hacia Aiden, instando al débil Stephen a avanzar. «Una vez que salgamos de aquí, tendrás la oportunidad de una vida mejor».
¿Una vida mejor?
Pero ¿podría alguien como él, tan destrozado, tener aún un futuro?
«¡Janice, date prisa!». Aiden observó cómo las llamas a ambos lados se hacían más fuertes, listas para consumir a Janice y Stephen en cuestión de segundos.
En ese momento, una enorme explosión sacudió la zona.
¿Era una bomba?
¿O había explotado una bombona de gas?
La onda expansiva de la explosión se propagó por la casa, sacudiendo su frágil estructura y provocando el derrumbe de algunas partes.
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De repente, la expresión de Janice cambió, alarmada, cuando el suelo bajo sus pies se derrumbó.
Sin su apoyo, Stephen comenzó a caer.
Quizás su vida, tan retorcida, solo pudiera purificarse con las llamas.
Stephen esbozó una leve sonrisa. El destino había sido benevolente con él, permitiéndole ver a Janice por última vez antes de morir, sin dejarle ningún remordimiento.
Entonces, en un instante, una mano lo agarró con fuerza.
El fuerte tirón aclaró la mente confusa de Stephen, y vio a Janice agarrándole la mano con todas sus fuerzas.
«¡Suéltame!», gritó Stephen, con una voz apenas audible. «¡Si no lo haces, los dos caeremos!».
«Te lo he dicho, no te voy a soltar.
Ni siquiera la muerte podrá separarte de mí», respondió Janice, con una mirada inquebrantable, como si nada en el mundo pudiera separarla de él. Las llamas los lamían, proyectando un tono rojo fuego sobre su rostro, haciéndola parecer de otro mundo.
Stephen estaba abrumado.
Podía sentir la sinceridad en las palabras de Janice y la fuerza de su determinación.
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